Por el recuerdo, para el olvido

                                   
No es asunto ligero. Se derrama como catarata, su fuerza empapa, refresca. Bailar y sentir lo que bailábamos y sentíamos cuando fuimos niñas y  jóvenes es un fenómeno. La niñez con su fantasía, la juventud con su arrebato, ambas con castañuelas y amigas y faldas de vuelos. Complicado explicar lo que nace en las piernas, en la cintura y en la mente. Sobre todo en la mente. Bailamos para recordar y bailamos para olvidar. 

Durante un breve desgarre de guitarra regresamos. Despertamos en aquel  siglo. El presente y su laberinto se duermen. En el flamenco visitamos nuestros años de antes, coloridos y prometedores, tiempos musicales que no se olvidan. Durante esos minutos somos quienes fuimos. Inventamos que lo que soñamos sucedió. Durante ese rato pequeño todo es armonía. Tan intenso y convincente, es una alegre y piadosa mentirita. Durante ese capítulo de cante y acordes y palmas vemos posibilidades. Encontramos otras rutas en el vaivén de nuestro cuerpo. El gozo es más que suficiente para esperar la próxima clase, el siguiente paso, cierto remate que electriza, un  milagro siempre nuevo que dura dos horas cada semana. Horas irrepetibles en las que  bailamos por el recuerdo y bailamos para el olvido.

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