Se sobreviven

¿Y qué hacer cuando nos atacan catástrofes existenciales? ¿Caos interno, a medias entre lo imaginario y lo real, contundente y  lacerante? Habrá que descubrir cómo manejar esos sismas entre lo de antes, lo de ahora y, peor aún, lo que viene.
 Ese futuro atroz y desconocido; o tal vez no tan macabro pero sí impredecible. Sabrá la vida de cuánta extravagancia y escándalo llegará acompañado. Será menester nuestro asumir el peso de sus asuntos sin perder la compostura y el juicio.
Enfrentaremos nuevas certezas. Como la compañía perpetua, hasta en el ataúd en el que nos entierren, de los lentes de lectura. Eso si lo que queremos es enterarnos de qué sucede aquí en los últimos momentos y en el más allá cuando lleguemos. Porque la letra terrenal y supongo que la del otro lado, tiende a empequeñecerse. Por no decir que es nuestra vista a la que se le encojen las capacidades. Sin remedio.
Ni hablar de los nuevos tropiezos metabólicos. Es de aceptar, por inaudito que resulte, que tendemos a la inflación grasa infinita, que ya no podemos comernos una crepa de Nutella doble, con helado de vainilla y capuchino, sin amanecer al día siguiente con el cuerpo como si la crepa en lugar de digerirse se multiplicara  por tres millones. Invade la barriga y zonas aledañas, especialmente se ubica en esa parte del cuerpo que usamos para sentarnos. Como si cuerpo y golosina conspiraran y decidieran que lo que les corresponde para ubicarnos en nuestra cronología, es conquistar territorio corpóreo y engrandecer la talla. Lo mismo sucede con los pasteles, la pizza, las verduras, el aire. Llega el día de caos existencial en que lo que comas y lo que no, te engrandece la anatomía. Así no más.   
En el plano físico podría seguir y seguir. Desde el pelo que se cae, las uñas que se rompen, hasta la piel que se llena de caminos y cañones y la escandalosa inversión que requiere mantener un botiquín aperado para esto, para aquello y para todo lo demás. De la dificultad para dormir ni hablar.
 Pero lo que más me sorprende son los huracanes que despiertan en nuestra alma, y que ponen al ánimo de cabeza, al entusiasmo en coma, y nos dejan sin aliento. Se agigantan las nostalgias, se multiplican las preocupaciones. El sentimentalismo, gran dictador de los adultos en proceso de depreciación acelerada, nos postra de rodillas ante las pequeñeces y ante las profundidades sin hacer diferencia entre una y otra. Como si nuestro temple fuera a prueba de balas. Desde una canción del pasado que evoca juventudes felices, hasta un hijo a quien le  estorba nuestro rosario de cientoquinientas llamadas en una hora, hasta la ausencia de una amiga.  Añoramos aquellas épocas, añoramos la vida de nuestros muertos, añoramos a quien alguna vez fuimos. Añoramos ser indispensables para nuestros pequeños, si es que acaso alguna vez lo fuimos.
Menos mal que aveces el decoro y el sentido común nos ubican. Y desgranamos lo real de lo imaginario, ponemos en perspectiva asuntos varios. Resignados pero con ilusión compramos lentes de lectura. Como antes buscábamos un jeans, procuramos lo más fashion del creciente  mercado de la presbicia. Los lentes de lectura de ahora en adelante serán nuestra más fiel y necesaria compañía. Una ventana al mundo.
Comemos postres con gozo y encanto. Y al día, la semana y el mes siguientes, al bañarnos cerramos los ojos cuando pasamos frente al espejo. O quitamos el espejo. 
Y lo más difícil. Como si una fuerza superior nos iluminara, decidimos no llamar tanto a los jóvenes. ¿Mencioné que es lo más difícil? Si nos necesitan, ya ellos nos marcarán. Y si no lo hacen, pues lo asumimos con compostura.

Sí. Procede fabricar milagros para apalear las catástrofes existenciales que las décadas inclementes otorgan. Pero se sobreviven y con suerte, hasta les ganamos el pulso.

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