EL CUELLO DE ADRIÁN

Acompañé a Adrián a tomarse una foto de trámite. Quick Foto. Llegó mi hijo con sus diecisiete años en la actitud. Llevaba su gorra como de costumbre: al revés. Como Juanito Bazooka. Últimas imágenes del niño que deja de serlo.

Gracias a las modernidades digitales, esperamos apenas escasos minutos. Ahí, platicando yo con él, y él con su multitud de adolescentes en el chat.

Me entregan la foto. Y con mirada grande, un hombre me informa que sin gorra, ya de niño no tiene nada. El cuello. Esa parte del cuerpo cambia tanto en los hombres. La foto muestra una nuca ancha. Cuadrada, rotunda. Nada queda de aquel pescuecito que se dejaba morder a besos.

Aquí estoy- dice la mirada del hombre joven que me ve desde la foto. Con la determinación de quien le gusta a donde va. Con la seguridad de saber quién es.  -YA CRECÍ VIEJA, DIGERILO.- vocifera la imagen desde el cuadradito. Levanto la vista. Observo al de carne y hueso, gorra colocada de nuevo.

-¿Qué me ves?- pregunta. No. No es pregunta, es un reclamo. -¿¡Qué!?- reclama otra vez. Vuelvo a la foto, nos observamos durante muchos segundos. Levanto los ojos para verlo a él de nuevo. Busco a mi niño, agradecida miro la gorra y no digo nada. Porque si empiezo, no termino nunca.

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