COMPLICIDAD

Ante esa complicidad, no tenemos remedio nosotras las mujeres. Pareciera venir programada en nuestro ADN. Nos necesitamos, es simple y maravilloso. Con hilos de confidencias y consejos, tejemos amistades vitalicias. Empieza desde que somos niñas. En preparatoria, entrábamos juntas al baño, eso era la natural. Pareciera que las vejigas se sincronizaban. Ahí, frente al espejo, jugábamos “de arreglarnos”, siempre en enjambre. ¿Jugar solas? ¡Qué aburrido!
Ese hábito de acompañarnos en todo crece con nosotras. En primaria, era la decoración de nuestros cuadernos o el gusto por los niños. Si a mí me gustaba alguien, a mis amigas también debía gustarles alguien, mejor si los chicos eran amigos. Ellos nunca se enteraron, ni supieron de las pláticas que construíamos en su honor. Eso no importaba, colgarse en mara era el tema. Fue una costumbre que atravesó el puente hacia la adolescencia. Enamorarse solas no se valía.

La vida no detiene su paso, nos lleva de la mano y, como les sucede a los hombres, le divierte esa danza colectiva en la que bailamos juntas las mujeres. Compartimos recetas y costumbres ¿Alguna amiga se ahoga en penas? Nos vestimos de salvavidas o nos ahogamos juntas. Remojamos sus pesares en tardes de café, pastel y lágrimas. Con las tazas vacías y los corazones reconfortados por haber compartido la dificultad, nos despedimos cuando ya la luna observa o los maridos atolondran. Nos abrazamos y prometemos continuar la tertulia para encontrar soluciones, o simplemente para llevar el peso en grupo.

 ¿Se trata de celebrar? Hacemos fiesta con sabor a brindis. Un bebé a nuestros cuarenta en camino, una nieta que nos ubica en otra generación, o el simple hecho de que no hemos tenido sustos, es suficiente motivo para reunirnos. Nos reímos hasta que las lágrimas brotan y la razón se aligera a sorbo de buen vino. La celebración entre amigas rejuvenece, y ensordece. No escuchamos los celulares malintencionados que pretenden interrumpir nuestro momento.

Es inevitable y delicioso, nos necesitamos. Compartimos pasados y lecciones. Cocinamos conversaciones en las que pretendemos arreglar el mundo. No siempre lo logramos, pero nuestro pequeño universo es mejor por el hecho de tenernos.
Y en el umbral de la menopausia aguardamos aglomeradas lo que la vida trae. Seremos viejitas cuchubaleras, medio sordas y muy chocas hablando de artritis. Seguiremos reunidas en las buenas y en las malas, brindando con vino y recuerdos.

En cuanto a la ida al baño juntas, es un ritual sagrado e inevitable. Se me hace que también es genético. Las vejigas y las intenciones están mágicamente sincronizadas. Se llama cariño de amigas.

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