DE UN LIBRO SOBRE DÍAS MUY AZULES

No quería que el relato terminara, estuve embebida en las líneas de este libro durante horas. Abstraída totalmente, sentía que había viajado a Dover en Inglaterra y que nadaba rumbo a Callais en Francia. Todo, sin moverme de un sofá en el Puerto de San José.  Leía “Días Azules” de Mariel Hawley. Literalmente, sus frases, sus párrafos, todo lo que ella sintió, entraba por mis ojos y lo hice mío.  En este maravilloso libro, la autora, campeona de natación en aguas abiertas, relata una hazaña personal y espectacular: el nado a través del Canal de La Mancha.


Pero más allá de nadar por las frías aguas del Canal, Mariel nos conduce por los ríos de su entrenamiento, sus batallas internas y por los días de su vida. Sin siquiera darme cuenta, braceé con ella las catorce horas con treinta y tres minutos que le tomó recorrer los 57 kilómetros que separan a Inglaterra de Francia. Entendí que las mareas cambian, y en nosotros está dominar sus cambios y sobrevivirlos. El agua, por lo que aprendí, en el tema de nado en aguas abiertas es de un frío extremo. Requiere además de condición física formidable, un control interno casi sobrehumano. El cuerpo tiembla, nos guste o no, y padece. Pero no podemos darnos el lujo de que la voluntad tiemble hasta quebrarse. Esa lección queda muy clara en “Días Azules”.

El viento: otra circunstancia grande.  En el recorrido de Mariel el viento se tornó agresivo. Provocó olas a las que ella tuvo que enfrentarse y vencer. Pero continuó. Tuvo la capacidad, a través de su uso de la palabra escrita, de abrirnos la puerta a su mente y a sus emociones. Como lectora, pude padecer el frío, experimentar la angustia de las olas, nadar contra la corriente y encontrar dentro de ella esos recursos, casi mágicos, para no darse por vencida.

A lo largo del trayecto, me llevó viajando por su tiempo. Fuimos a Puebla, a Acapulco, nadamos también alrededor de Manhattan y por el Río Grijalba. Conocí a Lalo y Andrea, sus hijos, y sentí eso tan rico que es el ser familia.  Tiene una forma de ver a la gente muy especial esta atleta.  Su equipo de trabajo es también parte de ella. Habla de varias personas, a todas las describe con cariño y mucho respeto. Me gustó especialmente como describió a una pequeña vendedora de pan. De una forma simple, esta niñita hizo una diferencia en la vida de Mariel, lo plasma con tanto sentimiento que es imposible no conmoverse.
Tiene una relación muy original con la naturaleza. El agua y ella se entienden. El verdor de la vegetación es parte de sus nados, así como los misterios nocturnos del océano. Se relaciona con intimidad y complicidad, con su entorno. Hasta la luna ha sido compañía en las soledades en los largos trayectos, ella le agradece y celebra su presencia.


 La lección mayor que Mariel Hawley me regaló en “Días Azules” fue poder ver con total claridad, mi “Canal de la Mancha.”   Ese reto con mareas y vientos adversos que he sobrevivido en los últimos años.  Como ella, he tenido momentos de total oscuridad, con ojos llenos de lágrimas, las luces de Callais, a lo lejos en la orilla, se han perdido de mi horizonte.  Aprendí que a veces nos desviamos, pero si seguimos con la lengua hinchada y adolorida por la sal y la convicción de que si seguimos pataleando y braceando, llegaremos. Puede ser al destino planeado, o algún lugar cercano, pero llegaremos. Imposible es dejar de nadar, moriríamos de desolación, la peor de las muertes.


Devoré este libro de mares, retos, dolor y alegría en dos días. Guiada por una campeona con mucho temple, viajé de Inglaterra a Francia braceando y pataleando por El Canal de la Mancha. Al leer “DÍAS AZULES” entendí la mística y pasión desenfrenada que una atleta de alto rendimiento lleva dentro. Aprendí de mareas, vientos y experimenté fríos extremos. Supe de miedos, y de cómo, en instantes oscuros, la vulnerabilidad y la duda pueden traicionarnos si no respiramos y nos cubrimos de serenidad. También aprendí a cobijarme en la esperanza. Observé las maravillas de la naturaleza, y en un viaje por recuerdos y por aguas, conocí otros muchos recorridos acuáticos y humanos, por ríos, lagos, personas excepcionales y también duras pruebas.


En su testimonio Mariel reafirma la fuerza milagrosa de la voluntad y la importancia suprema de la familia. En este relato, aprendí a creer  que, la fortaleza de un espíritu enfocado, es superior a muchos obstáculos.

Días después de devorar este libro azul, tuve el privilegio de conocer a Mariel personalmente.   Sentí como si la conociera de antes. Nuestro encuentro había sucedido en un canal lejano, de aguas bravías. Verle los ojos y escuchar sus palabras hizo todo el sentido del mundo.   Solo alguien con ese balance de fuerza y dulzura podía entregarnos en forma de libro, un pedazo de su experiencia vital.


¡Gracias Mariel!



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