LABERINTO

Es un laberinto de muchos caminos el paseo por la vida. Algunas veredas son de colores y en ellas se escucha música. Son habitadas por gentes buenas y eventos interesantes. Las paseamos sonriendo, nos llenan de energía, de experiencias gratas y rica conversación. Otras en cambio son empinadas, solitarias, y polvorientas. A la orilla del camino acechan árboles secos y perversos que nos roban la vitalidad, son las penas y los desencuentros. En ese caminar con tropiezos macabros descubrimos ese miedo que nos paraliza desde la voluntad hasta al sentido del humor.



No queda de otra, hay que continuar. No son rutas eternas, ninguna lo es, pero pueden ser peligrosamente largas. Lo curioso es que no siempre nos damos cuenta como sucede la metamorfosis de los caminos verdes y soleados, a los oscuros y tormentosos. O no nos fijamos cuando y donde cruzamos del uno al otro. Aunque represente un esfuerzo sobrehumano, nos toca construir puentes, para salir del polvo y llegar al pasto.

Más vale tenderlos pronto, antes de que la desolación nos drene, nos cansemos de buscar la música, o peor aún, nos acostumbremos a deambular, medio muertos, entre sombras y soledades. 



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