DIEGO, ROSA Y LA PRIMERA COMUNIÓN

Hoy acompañamos a Diego en su primera Comunión, estaba tieso de la emoción mi amigo pequeño. Diego es hijo de Rosa. Rosa es parte de nuestra familia. Ha trabajado en casa durante muchos años. Es de esas mujeres que en silencio, aprenden a leer las mentes de quienes la rodean. Ayuda con energía y la mejor intención.

Admito que también me sentí emocionada. Rosa vive y muere por su hijo. El día de hoy fue inolvidable para ambos.

La pequeña Iglesia de La Salvadora, fue construida en el fondo, del final, de un valle hundido como pocos y olvidado. El carro llega hasta un punto, el resto del camino se recorre andando. Es un precipicio de película de alpinismo extremo, reto mayor para los tacones que solo a mi se me ocurre calzar. Pero era una ceremonia importante. Debía yo hacerle honor, vestido, tacones y todo, a pesar de que por poco me voy de boca. La inercia me hubiera llevado hasta Amatitlán.

La iglesia pequeña, parece de juguete, pero no le falta nada. Me impresionó su limpieza, el esmero que ponen los parroquianos en los detalles, y sobre todo, la solemne ceremonia con la que celebran su rito.

La comitiva de entrada fue toda una procesión: el sacerdote, seis acólitos luciendo grandes galas-si, seis!- los tres comulgantes, media docena de ministras de la eucaristía y una pequeña vistiendo de repollito rosa, quien no sé a ciencia cierta si era parte oficial del grupo, o le gustó eso de entrar en caravana.

La misa fue cantada de principio a fin, hasta el salmo responsorial tuvo do-re-mi. Me llamó la atención y me pareció bello que casi todas las mujeres llevaban mantillas blancas sobre la cabeza. Se veían majestuosas con su vestido de domingo – no vi pantalones en mujeres- y sus cabellos oscuros adornados por delicados velos. tan respetuosas de su celebración, iban vestidas de dignidad.

El sacerdote se dirigió a sus feligreses como padre a hijo: medio regañando, medio consintiendo, con mucha claridad.
Lo que más me impresionó fue el sentido de comunidad que rige a la aldea. Son una gran familia -casi todos se llaman tíos o primos- reunida para su servicio dominical. Al final de la misa, el párroco se dirigió a algunos feligreses: “don Fulanito, harán tal o cual cosa? Doña Sutanita la espero para esto y lo otro…”


También hubo momento de anuncios. Una pareja, con mucha pompa y formalidad, consultó a la comunidad en pleno si existía alguien que conociera impedimento alguno para que ellos contraigan matrimonio. Algo que solo había visto en las novelas.

Rosa, nuestra maravillosa colaboradora, nos tenía reservado un lugar de honor, lo había adornado con espigas, uvas y velo de novia. A mí no me cabían las emociones, la he visto trabajar y evolucionar por su hijo amado.


Si supiera esta mamá solita la admiración y el cariño que le profeso. Es ella quien nos honra al tomarnos en cuenta para acompañarla junto a su Diego en un día como el de hoy.

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