¡BESAME ADRIÁN!

Gozo mucho celebrar mis rituales cotidianos. Ir a dejar a mi bebé –de dieciséis años- al colegio, todas las mañanas, encabeza la lista. Me divierte platicar en jerga pubertina, y me gusta escuchar su música de adolescente. Bueno, casi toda, porque hay algunas canciones que suenan a migraña y otras a persecución. Cuando llegamos, siempre lo abrazo y beso como que no fuera a volver a verlo en días. Sé que este ritual pronto terminará, porque crecen y vuelan ¿Qué le vamos hacer? Es la ley de la vida.

Anteayer, cuando iba a besarlo, me detuvo, y al ver mi expresión desconcertada, explicó: “Mami, es que me dejas una boca colorada estampada en el cachete, y que chafa es eso.” Al día siguiente, con la boca de color cartón de huevos, le paré los labios como pececito. “¿Viste? No habrá estampa” le dije. “A bueno, así si mami” y mi adolescente -que se cree mi papá- se dejó despedir como debe ser. No tiene idea mi Adrián la necesidad de apapacharlo que siento todos los días, sobre todo al ver que de bebé le queda muy poco. No imagina el regalo que le da a mis días cuando lo beso y destripo.

Etiquetarlo en este comentario sería una afrenta, porque eso “también es chafa”. No vaya ser que me castigue y me deje sin mis besitos de boca despintada. ¿Qué haría yo?


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