A MIS CUARENTA Y CUATRO

Amanecí un poco más vieja, ahora tengo 44. Estoy agradecida. El tiempo se ha llevado algunas cosas, a cambio ha dejado nuevas y otras solo han mejorado. Ya no tengo la misma energía de antes para correr 21 kilómetros, las piernas se quejan y la cabeza se revela en un berrinche migrañoso y descomunal. Pero el entusiasmo por recorrer alguna buena ruta sigue intacto. En las noches, para leer, ahora recurro al auxilio de un par de lentes. Pero el gusto por la literatura ha crecido y como al buen vino, los años lo han mejorado. Lo disfruto, sorbo a sorbo, frase a frase, sin prisa. Este añejamiento es balanceado por mi feliz capacidad de sorprenderme ante un verso prodigioso o la grandeza de alguna prosa. Cómo aquella joven que fui lo hacía, descubro tesoros en los buenos textos. Con ellos crezco, siento, río o lloro, ahora con más gratitud e intensidad.

Mis oídos funcionan, pero ya no toleran la bulla y menos la violencia. Aprecian y agradecen la música bonita, se emocionan con ritmos y armonías, los viven y bailan. También disfrutan de la buena tertulia, cada vez más. Con el paso de las décadas aprendí a perderme en el gozo universal de una conversación inteligente, a conocer el mejor lado de mis interlocutores y a celebrar la vida a través del brillo que emana de la palabra. Ahora soy una cuarentona experta en las delicias de la buena charla.

Con el tiempo hay partes nuestras que aumentan y otras que se caen. Pareciera que la balanza del baño reconoce el peso de los años más que el de las libras. Pero aumentan también asuntos felices. Crece el gusto por conocer a personas interesantes y la curiosidad por aprender más de todo, por simple placer. La gravedad es infame y despiadada. Carece de sentido del humor. Su tiranía bota párpados, cachetes y otras partes del cuerpo más grandes y complicadas. Pero también dejamos tirados estorbos innecesarios. Poco a poco, la edad nos hace libres para deshacernos de prejuicios aburridos y algunos de nuestros más macabros miedos. Y en todo el camino, los años regalan experiencia, a todo color y de todos los sabores. No está tan mal esto de envejecer, después de todo.


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