Tata, Pepito y Fede

Estar rodeados de personas queridas y mayores, dispuestas a compartir sus historias con nosotros es un privilegio. De jóvenes, no siempre lo aquilatamos.
Cuando mi abuelo materno murió yo tenía 16 años. Como a cualquier niña, la adolescencia le ocupó las neuronas en asuntos de la edad. Pensaba en pasar tiempo con las amigas, porque el universo empezaba y terminaba con ellas. Quería conocer muchachos, no fuera ser que luego me dejara el tren por no aprender a relacionarme con ellos. Además, tenía que estudiar. Si no sacaba buenas notas, ni las amigas ni los patojos me verían la cara, pues mi mamá jamás negociaba los castigos académicos. Mi abuelo Tata, siempre fue cercano e importante. Pero nunca lo busqué con cuaderno y sentidos en mano, para que me contara sus experiencias. Fue un hombre de sabiduría, muchas vivencias y cariño. Murió llevándose con él todo lo que no pudo contarme. No nos dio tiempo.
Con mi abuelo paterno fue un poco distinto. En el año 94 le diagnosticaron leucemia. Aunque vivía lejos, yo empacaba a Javier en su porta-bebé, y con pañalera al hombro, viajaba a Tinco a verlo. Pepito -como le llamábamos los nietos- protagonizó, ciertos acontecimientos históricos del país. Me contó muchas cosas, algunas secretas y sorprendentes. Nunca dejó que las grabara. Fueron muchas conversaciones, pero faltaron anécdotas, semblanzas y capítulos de la historia familiar. La enfermedad se lo llevó en febrero del 95.
Mi suegro es un hombre que a sus 75 años, ha escrito más de 5000 páginas con sus memorias. Son un tesoro. Lo que más me sorprende, es la claridad mental con la que recorre el pasado. Agradecido por nuestra atención, con entusiasmo y lujo de detalles, relata su ir y venir, describe personas, lugares y relaciona acontecimientos, con agudeza magistral. A veces pensamos que los viejitos deciden quedarse en el pasado. Con el tiempo, he aprendido que lo que necesitan es contarlo. Y nosotros, además de sentirnos honrados, debemos ser generosos con el tiempo y la atención que prestamos. La historia colectiva está tejida de las leyendas personales. Que nuestros mayores sientan el deseo de contarse a si mismos, es una oportunidad de oro para aprender y para sentir. Hoy almorzamos en casa de mis suegros.
Y Federico -mi suegro- me regaló una tarde de recuerdos. No tiene idea de lo que significan para mi.

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