Asoma en la memoria la solidez de un recuerdo siempre presente. Han transcurrido casi treinta años y aún así lo vivo ayer, y hace un año y esta mañana. Tengo una vaga teoría del porqué de su fuerza. Su perpetuidad, es posible, se debe a que desde ese momento, la inconformidad y el desasosiego que aquella inocente conversación trajo consigo, dejaron algo inconcluso.
Y lo rebobino y lo proyecto una vez más.
Muy pequeño, ya observador del mundo, mi hijo pregunta si yo tengo papá, ¿Dónde está tu papi? indaga. Ve dos abuelos en un hemisferio familiar, una abuela en el otro. Sí amor, respondo. Yo si tengo papá. Está en el cielo con diosito, afirmo. ¿Pero por qué no está contigo, con la abuela? ¿Qué está haciendo allá arriba? insiste.
¡Ah! Respondo. Es que como es tan bueno diosito lo necesita a su lado, para que lo ayude en los asuntos importantísimos del cielo. Ya no quiero hablar del tema. ¿Que lo ayude haciendo qué? Vuelve a la carga el niño. Pues a cuidar su casa de allá arriba. No lo convenzo de nada. Con toda seguridad, mi niño, ya observador del mundo y de su madre de mirada húmeda, queda con preguntas y el desacuerdo natural de su inocente lucidez.
Y pienso, desde esta orilla del tiempo, que nos falta mucha honestidad para conversar con los pequeños observadores del mundo. El negocio de ser asistente en un cielo impreciso, a lado de un dios que no terminamos de comprender, lejos del sitio y de la gente que giraban alrededor suyo, para siempre, dejando una herida sin posibilidad de sanación, lo cree nadie,
Sí, desde esta orilla de mi tiempo indignado, me es imposible evitar agrias opiniones. Y pienso. ¡Qué explicación confusa y sin oficio, tremenda insensata maniobra de almibarar la hiel de la muerte!
Una de adulta va por la vida insultando la inteligencia y el sentido común de sus pequeños. Esa fantasía de tener un padre que está en otro lado, que nunca volverá porque le encomendaron una tarea más importante que vivir, es una de muchas formas de hacerlo.