En pocos segundos tuve apenas tiempo para lo imprescindible: agradecer su visita a La Teca. No hubo tiempo para agradecer sus ideas y libros, por rescatar de la antigüedad lo fundamental. No fue momento para conversar sobre ese tema fascinante que tanto amamos. ¿Cómo se desmadejaría con Irene una conversación sobre libros, lenguaje y libertad? Solo de soñarlo las emociones se agitan.
Hubiera querido decirle tantas cosas, contarle que la lectura de El infinito en un junco fue un viaje más que emocionante, fuente de aprendizaje y gozo, validación de certezas, un rito que repito por sus poderes.

Hubiera querido decirle que sus libros arropan completa la soledad lectora, que su recorrido por los interminables caminos de la historia del lenguaje y la escritura y su devoción a la literatura, son un regalo sempiterno.
Aguardábamos en una interminable y muy supervisada fila para escucharla, fila que ella recorrió completa, pacientemente saludando a cada persona. Fue un gesto de complicidad lectora que reafirmó su inmensa calidad humana. Jamás lo olvidaremos.

Escuchar su conversación con Marilyn Pennington fue emocionante y conmovedor, pura esperanza. Compartió su historia, el rol de los libros en su vida y su punto de vista ante las inquietantes realidades de la actualidad. Y aunque el tiempo de la conversación se hizo escaso, salimos con la condición lectora más feliz que nunca.
