No le digas a un niño

No le digas al niño huérfano que una sabia deidad decide por qué se lleva a los padres.

No le digas que ahora tiene un ángel que lo cuida, acaso dos. No insinúes que aunque no lo vea o no les vea, le acompañan.

No le digas que la sabia deidad tiene propósitos más importantes para su padre, más tiernos para su madre, no le hagas sentirse irrelevante.

No le pidas que comprenda lo inaudito, no pretendas que acepte con humildad virtuosa el abandono definitivo. No le pidas resignación.

No le prohíbas el enojo, tampoco el miedo, no lo prives de saberse humano, vulnerable, de sentirse impotente.

No lo alejes del lugar en donde construirá su fuerza. No pretendas distanciarlo del dolor, eso es imposible.

No. No le digas al niño huérfano que una sabia deidad encontró un mejor lugar para sus padres.

No insultes su inteligencia, no rompas lo que queda en pie de su corazón. Ya la muerte lo ha partido con la oscuridad de su azar.

No lo bautices en las aguas del cinismo con tremendo disparate.

Tribal

Lo nuestro es tribal, es sangre y es historia. Somos eslabones en el tiempo, una cadena de mujeres que ha atravesado siglos y poblado tierras desde una lejanía que no conocemos pero sí sentimos. Nuestra abuela late en las memorias, cada una la guarda de acuerdo a su historia personal, todas con la amorosa devoción de nuestra historia colectiva.

Asoman las bisabuelas, una que conocemos únicamente a través de su leyenda de mujer en perpetua acción, dueña de afanes grandes, madre de hombres. Otra a la que recordamos como pajarita que fue quedándose dormida en las cobijas del tiempo, hasta que dejó de despertar.

Antes de ellas sus madres, las madres de sus madres y las otras madres.

Cuánto me gustaría conocer las historias de las antepasadas que caminan nuestra sangre.

Un collar de mujeres, nuestra familia, una tribu en la que dejamos la vida si es preciso, cuidando unas de otras.

Sin esclusas

Acuático, un río fluido, plácido, vertiente de mansedumbre. Su corriente, una avanzada en armonía, se desliza siempre en la misma dirección, la de los últimos siglos.

Su cadencia, un vals en sincronía con la naturaleza de un sereno andar.

Pero la marea cambia, se transforma como nunca. Pelea sobre sí misma, se pierde, se confunde, nada en sentidos opuestos al mismo tiempo. Se ha cubierto de dolor.

Y es que el corazón humano a veces se desordena. Se le entristecen y desorientan los destinos y los deseos. Se inunda de lágrimas, de heridas que no aprende a ignorar y, como milagro imposible, de sueños nuevos.

El amor y el alma, del hombre o de la mujer, son misterio, son pluviales.

Tarde o temprano crecen, se desbordan sin esclusas capaces de sostener la huida.