La sopa

La primera vez que tiraron ese cuento de hadas y brujas sobre el lienzo de mi entendimiento, tenía nueve años, los ojos curtidos por tanto llorar y una ira inmensa, viscosa, que subía de mis pies, talla 32, a mi cabeza con clips de tortolita.

Que el día en que te vas ya está escrito desde el día que naciste, reza el cuento. Que una fuerza superior decide los años que ha de medir la vida de cada mortal. Que su omnipresencia y omnipotencia sabe cuándo, sabe más. Que lo ha hecho desde el principio y lo seguirá haciendo por los siglos de los siglos. Hasta el final, por nuestro bien.

Que no llorara tanto, pidieron. Qué él estaba mejor que todos, decían, que desde lejos, desde arriba, nos cuidaría.

Algún día lo entenderás, concluyeron, después de derramarme encima semejante cuento fantástico, como si fuera sopa caliente.

Y aquí estoy, cuarenta años después, quemándome todavía con la misma, inconcebible, inaceptable, absurda, sopa.

A quien le toque, que me otorgue un perdón. Por incrédula, por iracunda, por no saber cómo se deja de llorar. Que me perdone, sí, para que en este sitio que habita mi protesta, se sienta un poco de misericordia.

Porque a la muerte no. Yo no aprendí a perdonarla.

oleo de sopa 2

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