De monos, años y estrellas

Setenta años no serían asunto ligero. Celebraríamos con orquesta y pastel de Poppy seed. No lo probaste, pero estoy segura de que te hubiera fascinado. Golosa hasta la muerte, esta familia.

Verás, ya he escrito suficiente sobre lo que no viste, no probaste o no viviste. 

Tanto he protestado  el día de todos tus cumpleaños que no fueron y no serán, que hoy me da por celebrar lo que sí fue. 

Porque a pesar de haber andado en tierra sólo treinta y un años, se llenaron de milagros y maravillas. De alegría y pruebas. De curiosidades. Hubo mucho en tu vida joven y corta, padre mío, padre guapo. La imagino como una maleta compacta, de colores, en la que has metido tantas cosas que te tenés que sentar sobre ella para cerrarla. Y brincar para que el zipper cierre.  Un equipaje de verdades, de momentos y experiencias que sí fueron y que te llevaste para entretenerte por allá.

De pequeño, tuviste un mono. No de peluche, una mascota que comía bananos y hacía bulla. No sé durante cuánto tiempo. Sé que cuando a tu mono se le ocurrió recurrir a la violencia doméstica fue desterrado. Pero mientras se portó con decoro, fue tu monito y ha de haberte hecho reír. 

Conociste la magia de sentir generosidad desde niño. Resulta que recién te habían regalado una bicicleta roja, se te ocurrió regalarla a un niño menos afortunado. “Se la regalé a mis hermanos descalzos” contaba mi abuela que respondiste cuando te preguntaron por tu bici nueva. La recuperaron, eso también lo contó tu mamá. No terminaste de entender por qué. “Lo que se regala ya no se pide”, decíamos cuando éramos niños.
En algún registro de récords quedó tu nombre. Tipo Guinness. Más temprano que tarde, saliste del A.V. Hall debiendo arrestos. Tu papá ha de haber entendido, con algún suspiro de resignación, que los zapatos de militar rigor te sacaban ampollas. Ese mundo de reglas apretadas y madrugadas no era para ti. Y hasta hoy día, en el cuaderno de algún sargento mal encarado están apuntados los arrestos que no llegaste a cumplir. A pesar de los pesares y de nuestro amado coronel, ejerciste tu dosis de rebeldía.

Tuviste dos hermanos mayores que te entretenían y querían. Eras el bebé. Tan alegre molestar a los hermanitos, tan necesario protegerlos. Disfrutaste la feliz aventura de tener hermanos. Y por si fuera poco, tu vida tuvo también su dosis de asombro. Porque como por arte de magia, te regaló también dos hermanas intercaladas que el destino trajo de otro lado, de forma inesperada, como en las novelas. Andanzas de mi abuelo que ahí dejo. Grandezas de mi abuela que admiro.  Lo bueno, lo milagroso y hermoso de esta faceta  novelesca fue que esas hermanas de padre llegaron para quedarse. Para quererlas y para que te quisieran. Para enseñarnos a quererlas. ¡Mis tías! como de película. Una de ellas ya anda poray contigo, la otra lo más probable es que lea esto que te escribo. Es de esas mujeres que en las escasas veces que nos vemos, invita al abrazo como si fuera un marshmallow, dulce, suave, se deja querer, te dice que te quiere. Cariños te sobraron. ¿Existe algo mejor?

Y esto apenas empieza. Hubo de todo en tu maleta de treinta y un años.

Aprendiste muy pequeño sobre la pena que nace al separarse de los papás. Eran tiempos de revoluciones y contrarrevoluciones. Estaban de moda los exilios y tu familia de novela no escapó a tal dificultad. Pero las penas enseñan. Y has de haber brincado a la luna cuando tus papás regresaron de España. Los reencuentros son geniales, y tuviste los tuyos. Cuentan que eras orador profesional, que en tus días de secundaria ganaste un concurso de oratoria. ¿El tema? “La madre”. No wonder. La extrañaste de pequeño, sufrieron todos, regresó para mimarte, para hacerte veinticinco panqueques de refacción cada tarde, para acompañarte mientras los devorabas. Te sobrevivió por muchos años.

Y llegó la adolescencia con su misterio y tu gozo por celebrarla, con tu guapura de ojos moros y tu intensidad. Fuiste la envidia de Enrique Guzmán y César Costa a la hora de bailar. No exagero, así me lo contaron.  Tu twist prendía fuego en la pista, “La Gallinita Josefina” te transformaba, tu talento en el bailongo te procuró alegría, como si supiera de brevedades.

Viajaste a Alemania a estudiar una de tus pasiones ¿Fotografía, en los años sesenta? No sé qué fuerzas movían al mundo entonces. El caso fue que este arte fue la fuerza que movió el tuyo. Y te llevó lejos. Alemania te dio amigos de todo el mundo, un oficio que disfrutabas y una esposa ¿¡Chapina!? A quien jamás habías visto en tu país.  Como de novela, ¿o no? 

Tuviste tiempo suficiente para construir nuestra casa, cuarto oscuro incluido, en donde revelabas tus obras de arte. Trabajaste en una disquera. How cool is that? ¡Ya no existen! De esa índole, al menos. En nuestra sala abundaban LP en acetato de todo tipo, gracias a tu exótico trabajo. Y ahí ya estaba yo, para dar fe de tu grandiosa y breve vida.  ¡Fumabas pipa! Y eras tan joven. Una de tus excentricidades, pero el olor aún lo guardo en la nariz. Tu carro no era del año, ni nuevo. Te enamoraste de una pieza antigua. Un Mercedes que ha de haber sido fabricado durante la II Guerra, o antes. Con tablero de madera y timón blanco y mucho ruido. Una pieza de museo que cuando llevaste a la casa era celeste color pastel de piñata y tuviste el tino de pintar color vino. Lo disfrutabas, fue tu nave hasta el último día. ¿Cuánto esfuerzo te costó tu Chattanooga Padre? Recuerdo el día que tuviste que romperle una ventana porque mi hermana recién nacida se horneaba a fuego lento adentro y la llave también. 

Viviste el prodigio de la lectura -algún día aclararemos lo de mi nombre, por cierto, merezco una explicación.- Lo tuyo en cuanto a letras era la  mitología, la historia, los temas esotéricos. Eso cuenta mi mamá. Leías, leemos. Dejaste libros en una estantería que con el tiempo tomé para leer y buscar alguna pista de quién eras en los momentos de intimidad literaria. 

Alcanzaste tu sueño de tener un pedacito de tierra frente al mar. Con palmeras y brisa, sin urbanización ni agua dulce, ni luz, ni Super 24. Un encanto que te iluminaba.  Contigo se fue el otro sueño: el rancho rústico que no llegaste a construir en tu pedazo de costa. Pero tuviste el plan, la ilusión. Y eso fue un pequeño universo.

Tu trabajo te llevó por algunos países y muchas personas. Buscaste y encontraste estrellas con tu telescopio -aunque mi mamá no lo recuerde. Disfrutaste de la curiosidad, el descubrimiento… el asombro.  Coleccionaste vasijas mayas y piedras de oxidiana. Tuviste amigos, buenos amigos. Algún connotado artista entre ellos, un periodista controversial, gente creativa de ideas transgresoras y pelo largo. Amigos de caites o de corbata, amigos todos.  

Last but not least, tus tres décadas bastaron y sobraron para que sembraras tu sangre en la generación que surgía. No una, ni dos. ¡Somos cuatro! Niñas entonces, mujeres ahora. Mujeres que no te olvidan. Esta que escribe sobre tu mono y tu bicicleta roja, sobre tu twist y tus estrellas, hoy celebra tu vida. Lo que fue. Lo grande y plena, tu risa, tus penas, tu breve e intensa permanencia. La celebro completa. Y sí, hoy serían setenta tus años. 

2 comentarios sobre “De monos, años y estrellas

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