La lección ha de ser enmendada

Fue incompleta la información que nos dio el libro de Ciencias Naturales en segundo grado. Podría decir que fuimos sutilmente engañados. Resulta que la lección dictaba:  “Los seres vivos nacen, crecen, se reproducen y mueren.”  Lo aprendíamos a decir al derecho y al revés. Hasta recuerdo el conejo y la flor que dibujé en el cuaderno para ilustrar mi nuevo conocimiento. 
A medias quedaron las certezas. Porque este enunciado será válido para el salmón, pero en el caso de los humanos estas cuatro etapas son simplistas en extremo, son el principio del laberinto al que llamamos vida. Faltaron muchos capítulos en la lección de nuestros años de primaria, asuntos tan rotundos como crecer y reproducirse.
Ha quedado un vacío galáctico, porque entre la reproducción y la muerte se forma una inmensa laguna. Sí, nacemos. Y a partir del momento en que vemos la luz del mundo crecemos sin parar. Todos los días un poco, no hay tregua. Los huesos, los dientes, el pelo, las ideas, las caderas, el mal o buen genio, los sueños, todo se alarga y se ensancha. El crecimiento es intenso. De pronto llega el día en que el cuerpo cambia, su crecer toma otro rumbo. Se expande el deseo de independencia, de exploración, se expande el deseo de desear. Descubrimos que estamos preparados para la fiesta de la reproducción y ansiamos hacerlo. Todo el proceso resulta cautivante, a quien  diga que no está de acuerdo…no le creo.   
Llega el día esperado. Fabricamos bebés y nos nacen hijos. Y ahí empieza la debilidad de la teoría de la clase de ciencias. Empezamos la dulce etapa de la crianza. Nos ocupa tanto tiempo, mente y energía que estamos entretenidos y  felizmente cansados. Todo marcha de maravilla durante estos años. Pero ante nuestro asombro, ellos, nuestros hermosos hijos, también crecen. Y nadie nos advierte que se irán, de una u otra manera. Mientras tanto seguimos y seguiremos vivos. ¿Y ahora qué?
Empieza la etapa no aprendida. Se nos vacían las horas, cuestionamos, envejecemos, nos inundan achaques reales o imaginarios, nos rebelamos ante lo establecido. Disponemos que queremos aprender maravillas nuevas que escandalizan a algunos.  Buscamos con ahínco, sin saber  a ciencia cierta que fue lo que se perdió. Enloquecemos a medias de tanta pregunta sin respuesta, de tanto recuerdo, de tanta transformación, o por el tiempo que queda enredado en nuestras manos mientras transcurren los años entre las reproducción y la muerte. En todo caso, la esperamos procurando no aburrirnos. Tratamos a toda costa de no morir en vida.
Dicho esto, la lección debiera ser: Los seres vivos (humanos, para hablar de nuestra especie) nacen, crecen, se reproducen, crían, se quedan solos. Cuestionan, se aburren, se entristecen, luego se alegran porque encuentran respuestas o sorpresas. Pierden prejuicios y algunos pierden el juicio, luego vuelven a encontrarlo.  Se deterioran, se enferman, toman medicinas. Se curan. Toman decisiones impensables. Las repiensan. Toman aviones de ida, regresan.   Ven a sus crías crecer, cambiar y reproducirse. Se preguntan una y otra vez cual etapa sigue, porque lo que vendría no estaba escrito en el libro de primaria. Algún día se cansan y dejan de hablar pues ya dijeron todo lo que vinieron a decir a este mundo. O ya no hablan porque ya no oyen. Se sientan y esperan. Y   finalmente, si no lo hizo a destiempo, llega por ellos la señora muerte. 
Mucho sucede entre la llegada de los hijos y la llegada de la muerte. La lección ha de ser enmendada.

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