ACOSADORAS

Las imagino con claridad. Es más, casi puedo verlas, y escucho cómo confabulan. Parecen pandilla de  pre-púberas, unas bullies. O acosadoras, escoja el idioma que guste. Son mal intencionadas como Angélica Rugrats. Chilindrinas ellas, y yo doña Clotilde, a su merced.  Se esconden en su pequeñez. La aprovechan y con estrategia siniestra atacan mis órganos, me quiebran el temple. Y sin pregunta o aviso toman posesión de la agenda.
Ordenan a las células retener líquidos, las muy malcabrestas. Litros o galones, océanos enteros.  Hinchada amanezco, inflada anochezco. Pez globo que desconoce cómo defenderse de este atropello. Mis párpados: dos tripas, se han tragado a los ojos. A penas quedan dos rayitas, y una mirada que sabrán nadie de quien es.  De las piernas y sus vecindades ni hablar, Michellina Pillsbury, mi nuevo nombre. Ellas se carcajean por lo que logran, y mi ropa se enoja por lo que yo no.
No conformes, mis verdugos atacan el cutis que de por sí, ya anda trastabillando por el rigor de los años que corren llevándose colágenos y  optimismo. Espinillas brotan como tortuguitas que rompen cascarón, siempre en grupo, jamás una sola. Mi desconcierto ante el espejo las divierte aún más. La última vez que tuve brote similar era colegiala. Tenía al futuro de mi lado, y lapicitos de Clinique.
Pero lo peor, lo que me deja perpleja e indignada y echando humo,  es la forma en la que estas depredadoras microscópicas arremeten contra el órgano de las emociones. El más difícil de todos. El temperamental. Ese que un día se instala en el corazón, otro en el hígado y cuando se le antoja en la lengua. Las malvadas lo descomponen, lo desorientan, lo hacen enloquecer.
 He aquí su táctica bélica: suena en el radio una tonada de antaño. No es cualquier canción. Trae momento, lugar y cuenta una historia. Es como si el locutor que la programa fuera cómplice de mis enemigas. Muerden mis lagrimales ellas, muerdo mis labios yo. Y ganan. Los apachurran hasta exprimirlos, y agua cae a borbotones. Ahí no queda. En gran jolgorio continúan al acecho. Una llamada no correspondida basta para que las ingratas licúen en mi mente razón y sinrazón. Aparejan micos a capricho. Tanto, que al final ni recuerdo por qué estoy ofendida o enojada o sentida. O todas las anteriores…

Hormonas. La ciencia las nombro hormonas. Conjuro de brujas, les llamo yo.  Por simple afán de diversión postran y subyugan. Hormonas: ingratas sustancias de química poderosa. Hoy torturan, mañana duermen, y despiertan poseídas cuando les apetece, prestas y dispuestas para atacar a capricho limpio. Para retomar la agenda.

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