Se llama Noviembre

Es el más guapo de todos, me tiene enamorada. Se viste con los mejores colores y verlo llegar es un espectáculo. Seduce con elegante frialdad, y altivo como pocos, llega con fuerza en el viento y un gusto dulce en su aliento. No cabe duda, es guapo de arrebato. Es Noviembre, mi novio. El mágico mes de cambios en el aire, en el ánimo y en los colores del cielo.


HIJOS Y NAVIDAD

No es justo. La vida debiera advertirnos a las mamás en algún momento. O darnos un curso en el que se nos prepare para dejar que los hijos crezcan, y nos enseñe a no sucumbir cuando los vemos convertidos en casi adultos. Navidad pone a prueba toda mi resiliencia. Cuando los hijos son pequeños, y parecen abejas a nuestro alrededor, todo suena a Jingle Bells y sabe a Egg Nog. Su ilusión por Santa Clos es contagiosa, la cuenta regresiva con la que despiertan y se duermen nos pone a tono y sintonía con la víspera, nos hace reír y sentir.

¡El arbolito los entusiasma tanto! Ponen a prueba nuestra más colorida creatividad para complacerlos, y juntos armar el árbol más lindo de su mundo de niños. Las tardes de galletas, con caritas enharinadas y olor a mantequilla son fiestas imprescindibles. Si, los rituales que celebramos para ellos son sagrados. Y años después de que se desvanecieron, me doy cuenta de que me hacen falta a mí, no a ellos.

Pero están los símbolos. Un Frosty medio destartalado, que hizo Javier en un curso de vacaciones y el recuerdo de su voz chiquita diciendo “un yegalo pala ti, mami”, me mira burlón desde el árbol. Unas campanitas de barro que Adrián hizo, también suenan a pasado y foto con Santa. Son tesoros que me recuerdan las navidades más alegres, las de la infancia de nuestros hijos.
O, como no hay curso que pueda prepararnos para semejante hazaña, tal vez existen medicinas como las de la canción de Sabina. Si hay “Pastillas para no soñar” tal vez la misma casa médica tiene “pastillas para no recordar y extrañar.” Me hago de bolas, yo sé. Pero me pega fuerte la nostalgia por mis niños pequeños en Navidades grandes.


ÁNGELES

“No podemos jugar a ser Dios. En todo caso, somos parecidos a los ángeles. Solo podemos acompañarlos” esto me lo dijo un gran amigo. Hablábamos sobre la impotencia que sentimos al querer proteger a nuestros hijos, más allá de nuestras humanas y mortales capacidades. Vemos que hagamos o deshagamos, el camino de nuestros niños no es el nuestro.
Ellos deciden, ellos eligen, y generan sus propias lecciones. No importa mucho que canción les cantemos. Hay días, en los que de verdad me gustaría tener alas de ángel, para abrazarlos y librarlos de las sombras de la vida. Me río de mi misma, a veces se me olvida que es imposible. Y sé que si fuera así, no aprenderían jamás a patinar en esta existencia y su pista de curvas, pendientes y desfiladeros.

VÍSPERAS

En estas vísperas de festividad y tamales, llevo dentro un peso grande. Como cuando te comes una pizza entera, de pepperoni, con extra queso. Imposible de digerir a mis 44 años.

Es la carga de la nostalgia. Los recuerdos que desfilan a paso de villancico. La última Navidad con mi papá. La empresa vital que para él era hacer de nuestro Santa Clos una experiencia inolvidable. Y si, después de tres décadas y tanto la rememoro. Con uñas y dientes procuro que no se evapore.

Las que le siguieron. Mi mamá hacía piruetas con su ánimo y su aguinaldo para que no doliera la ausencia de mi papá y sus detalles. La presencia dulce y grande de mis cuatro abuelos amparándonos, amorosos. Mis primos y sus cohetes temerarios. Las galletas. Mis hermanas, siempre mis hermanas, constantes.

La adolescencia que llegó a ritmo de Jingle Bells rodeada de amigas y amigos pubertos. Ansiosos por poner un toque de parranda a la Pascua, y una onza de ron al egg-nog. Mis trabajos de vacacionista y la sensación de ser millonaria con los Q200.00 de un primer sueldo para comprar regalos.

Las navidades que me sorprendieron enamorada. Aquellos abrazos amarrados con más fuerza. La ilusión y las sensaciones eran intensas, como el árbol navideño de mi tía Margarita.

Mi aparato digestivo hace mucho olvidó como digerir una pizza entera. Las consecuencias son desastrosas. Mi sistema emocional también ha envejecido. Procesa despacio las memorias, les da mil vueltas, las unta de lágrimas. Las viste con la certeza de saber que esos momentos fueron. Resucita a muertos y años fugados. Me recuerda lo feliz que he sido.

Y, como la pizza macabra se apodera de mis tripas durante largas horas, y me parte en dos; la nostalgia toma posesión de todo mi ser durante el mes de diciembre. Completo. Me parte en mil y vuelve a integrarme. Es la magia del recuerdo. 


DE UN LIBRO SOBRE DÍAS MUY AZULES

No quería que el relato terminara, estuve embebida en las líneas de este libro durante horas. Abstraída totalmente, sentía que había viajado a Dover en Inglaterra y que nadaba rumbo a Callais en Francia. Todo, sin moverme de un sofá en el Puerto de San José.  Leía “Días Azules” de Mariel Hawley. Literalmente, sus frases, sus párrafos, todo lo que ella sintió, entraba por mis ojos y lo hice mío.  En este maravilloso libro, la autora, campeona de natación en aguas abiertas, relata una hazaña personal y espectacular: el nado a través del Canal de La Mancha.


Pero más allá de nadar por las frías aguas del Canal, Mariel nos conduce por los ríos de su entrenamiento, sus batallas internas y por los días de su vida. Sin siquiera darme cuenta, braceé con ella las catorce horas con treinta y tres minutos que le tomó recorrer los 57 kilómetros que separan a Inglaterra de Francia. Entendí que las mareas cambian, y en nosotros está dominar sus cambios y sobrevivirlos. El agua, por lo que aprendí, en el tema de nado en aguas abiertas es de un frío extremo. Requiere además de condición física formidable, un control interno casi sobrehumano. El cuerpo tiembla, nos guste o no, y padece. Pero no podemos darnos el lujo de que la voluntad tiemble hasta quebrarse. Esa lección queda muy clara en “Días Azules”.

El viento: otra circunstancia grande.  En el recorrido de Mariel el viento se tornó agresivo. Provocó olas a las que ella tuvo que enfrentarse y vencer. Pero continuó. Tuvo la capacidad, a través de su uso de la palabra escrita, de abrirnos la puerta a su mente y a sus emociones. Como lectora, pude padecer el frío, experimentar la angustia de las olas, nadar contra la corriente y encontrar dentro de ella esos recursos, casi mágicos, para no darse por vencida.

A lo largo del trayecto, me llevó viajando por su tiempo. Fuimos a Puebla, a Acapulco, nadamos también alrededor de Manhattan y por el Río Grijalba. Conocí a Lalo y Andrea, sus hijos, y sentí eso tan rico que es el ser familia.  Tiene una forma de ver a la gente muy especial esta atleta.  Su equipo de trabajo es también parte de ella. Habla de varias personas, a todas las describe con cariño y mucho respeto. Me gustó especialmente como describió a una pequeña vendedora de pan. De una forma simple, esta niñita hizo una diferencia en la vida de Mariel, lo plasma con tanto sentimiento que es imposible no conmoverse.
Tiene una relación muy original con la naturaleza. El agua y ella se entienden. El verdor de la vegetación es parte de sus nados, así como los misterios nocturnos del océano. Se relaciona con intimidad y complicidad, con su entorno. Hasta la luna ha sido compañía en las soledades en los largos trayectos, ella le agradece y celebra su presencia.


 La lección mayor que Mariel Hawley me regaló en “Días Azules” fue poder ver con total claridad, mi “Canal de la Mancha.”   Ese reto con mareas y vientos adversos que he sobrevivido en los últimos años.  Como ella, he tenido momentos de total oscuridad, con ojos llenos de lágrimas, las luces de Callais, a lo lejos en la orilla, se han perdido de mi horizonte.  Aprendí que a veces nos desviamos, pero si seguimos con la lengua hinchada y adolorida por la sal y la convicción de que si seguimos pataleando y braceando, llegaremos. Puede ser al destino planeado, o algún lugar cercano, pero llegaremos. Imposible es dejar de nadar, moriríamos de desolación, la peor de las muertes.


Devoré este libro de mares, retos, dolor y alegría en dos días. Guiada por una campeona con mucho temple, viajé de Inglaterra a Francia braceando y pataleando por El Canal de la Mancha. Al leer “DÍAS AZULES” entendí la mística y pasión desenfrenada que una atleta de alto rendimiento lleva dentro. Aprendí de mareas, vientos y experimenté fríos extremos. Supe de miedos, y de cómo, en instantes oscuros, la vulnerabilidad y la duda pueden traicionarnos si no respiramos y nos cubrimos de serenidad. También aprendí a cobijarme en la esperanza. Observé las maravillas de la naturaleza, y en un viaje por recuerdos y por aguas, conocí otros muchos recorridos acuáticos y humanos, por ríos, lagos, personas excepcionales y también duras pruebas.


En su testimonio Mariel reafirma la fuerza milagrosa de la voluntad y la importancia suprema de la familia. En este relato, aprendí a creer  que, la fortaleza de un espíritu enfocado, es superior a muchos obstáculos.

Días después de devorar este libro azul, tuve el privilegio de conocer a Mariel personalmente.   Sentí como si la conociera de antes. Nuestro encuentro había sucedido en un canal lejano, de aguas bravías. Verle los ojos y escuchar sus palabras hizo todo el sentido del mundo.   Solo alguien con ese balance de fuerza y dulzura podía entregarnos en forma de libro, un pedazo de su experiencia vital.


¡Gracias Mariel!