EL LENGUAJE DE MI FAENA

Un año termina, un ciclo se cierra. Hoy, como todos los diciembres,  diseño presupuestos. A mi mente asoma la siguiente reflexión, y mucha gratitud.
Me gano la vida custodiando cifras. En el día a día de mi vida profesional, hablo, escribo y escucho el idioma universal de los números. Interpreto transacciones e interactúo con partidas contables.  A algunas personas les parece un mundo aburrido, yo he aprendido que es una dimensión  diferente. Si presto atención, en ella aprendo algo nuevo todos los días.
Mis dígitos cuentan historias y hablan de buenas relaciones comerciales. Son el resultado de confianza, ganada negocio a negocio,  entre clientes y proveedores. Esa confianza de personas,  que empieza con un apretón de manos, se nutre de mutua colaboración, y se consolida con el cumplimiento de lo acordado.
Mis partidas representan sueños de emprendimiento, reflejan compromiso, orden y planificación. Tienden puentes entre la imaginación y la realidad. En donde la imaginación es el objetivo inicial, el puente la estrategia para lograrlo, y la realidad el resultado obtenido. 
El idioma que hablamos – mis números, mis superiores,  colaboradores y yo – obedece a normas supremas de integridad. Nuestras acciones respetan ciclos naturales del buen negociar, ese que alcanza la continuidad a base de buenas prácticas.  
Genero e interpreto reportes que hablan de un equilibrio muy particular, que se logra al asumir riesgos y  hacerles contrapeso con trabajar arduo.  Son imágenes de  evolución que, después de encontrar la meta, apuntan al siguiente plan.  Mis informes también mantienen a raya la ambición.  En  prudente silencio, señalan hasta donde podemos llegar.  Me recuerdan que, ante la fragilidad que proviene del cambio constante, una cabeza bien puesta,  dotada con la justa dosis de humildad, es indispensable.   
En mi trabajo, uso el lenguaje financiero para expresar el hallazgo de oportunidades que ponen en marcha nuevas aventuras  y objetivos.  Sin usar el alfabeto, hablo de acuerdos, de progreso y a veces – porque no decirlo – también  de adversidades. Las cifras que arrojan los contratiempos nos llevan a trabajar  en búsqueda  de calma y  caminos alternos. Con ellos esbozo nuevos ciclos.
La responsabilidad es grande. He de interpretar – de forma correcta y con mucho juicio – lo que quieren decirnos, para que en equipo, dibujemos directrices y tracemos nuevos rumbos.
Sí, mis números hablan y hablan. Y yo, con agradecimiento y mente atenta, converso con ellos y escucho. Siempre escucho.

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