Visita primera

Cada metro que dibuja la distancia es una decisión, un antídoto contra el peligro. La verja, como si fuera frontera, representa un centinela que advierte hasta dónde podemos llegar. Aguardamos de pie, en la calle, un poco impacientes, tal vez. Desde nuestra posición fronteriza, detrás del rigor de las mascarillas y del centinela de hierro, la vemos aparecer. Asoma con su rostro engrandecido por la sorpresa, con sus manos que hablan y el cabello casi largo a pulso de pandemia. Una enfermera empuja su silla de ruedas. La coloca para nosotras justo en el umbral de la puerta, bajo un bañito de luz. Es mediodía.

Su cuerpo luce vencido, ella luce sonriente. Misterios de su enfermedad. Desayunó huevito revuelto con jamón y queso, responde mi hermana hermosa. Ahora está pintando, cuenta, con crayones de cera.

Hablamos trivialidades, con ella lo simple es divertido y es todo. Es mi primera visita desde que esta prueba ruda empezó. Más de cien días sin vernos y ahí, desde el otro lado de su lugar seguro, soltamos al aire palabras cotidianas para que recorran la distancia extraña y enorme, y aterricen en su umbral. Ella las recibe contenta, no mide los largos metros, no sabe cuánto pesan.

Conversamos como si nada extraño estuviera sacudiendo al mundo. En la brevedad de la visita callejera, nos divierte con sus ya se me olvidó y eso también se me olvidó. Desde su mundo paralelo que ya no se estremece por las atrocidades del exterior, ella sonríe una, dos, cien veces. Sus manos, en sincronía, continúan moviéndose robóticas pero con elocuencia infantil. Y vuelve a sonreír, mi hermana Mayarí.

La despedida es liviana, como si no nos ahogara la noción de que aún falta tiempo para desdibujar la distancia. Es simple, como si no supiéramos que para abrazarla y tenerla cerca y derramar sobre su cabeza los mil besos de siempre, queda en el incierto horizonte demasiada espera.

Por fortuna, ella ni se entera.

Acérquese a la ventana

Acérquese a la ventana, me piden. Son las once de la mañana y estoy de turno en la oficina. Impera la metódica distancia, la ausencia a medias y el aroma de pandemia. El ambiente y el ánimo son gobernados por un silencio que empieza a ser rutina.

Extrañada, me asomo al ventanal. Estoy en un segundo piso.  Veo a través de las persianas y ahí está, con su pelito blanco, su mirada puroamor, una mascarilla enorme que le cubre casi todo el rostro y una caja de donas.

Mi madre, mi adorada madre, mi madre escapista, batiendo los brazos, saluda desde el estacionamiento como lo hace un niño en la playa cuando adivina un barquito. Con una emoción que no vi llegar, somato el vidrio para que sepa que ahí estoy. Pero no me ve porque el sol suelta un reflejo tosco sobre el cristal.

Rompo protocolo y distancia y bajo de prisa las gradas. La alcanzo y se derrumba el andamiaje que tan bien armadito he mantenido. Continuó rompiendo todo, menos el abrazo. Sin poder –o querer– evitarlo, rompo en llanto. Fue mi única visita de cumpleaños, la mejor.

Formas variopintas de amor existen, la suya es sólida, incondicional, perpetua.

¿Qué puedo decir? Soy sentimental a más no poder. Sin los hijos cerca, sin canciones ni pastel ni velitas, mi vieja con su caja de Krispie Cream no permite que el cumpleaños de su hija resbale entre este montón de días en los que nos hicimos seres solitarios.

Quedo rota, sí. Y agradecida.