Los libros, en ocasiones particulares, pueden ser mojones o brújulas. Se convierten en recursos para contar la vida, revelan asuntos que cotidianamente son complejos de desmadejar. Marcan tiempos territoriales, lugares mentales. Momentos.
Imprescindibles compañeros, los libros muestran mi sitio pequeño dentro del poder inmenso del lenguaje. Con su vasto alcance, definen nuestra relación.
Algunos que leo cuando transito de una ciudad a otra permanecen sólidos, se convierten en presencia atemporal. Aviones o trenes llevan lecturas atadas a su recuerdo.
No tengo idea de por qué. Quizás por el movimiento, la frontera que representan, el extraño bullicio del aparato desplazado entre nubes o montañas. Quizás por la vulnerabilidad que supone la condición de tránsito.
Hoy, creo, se enraíza por la forma silenciosa que trae consigo la noche aérea.
Vuelo de Madrid a Berlin. Es tarde, diez y tantos de la noche. Fue un día profundo, de emoción y carreras, un día hermoso y agitado.
El vuelo supone una pausa. El libro, un remanso para embellecer la pausa. La sensación es compleja de describir. Trae toques de pérdida y salpicaduras de esperanza.
Alguien ronca, no importa. El estertor de la lectura lo supera. Mis tobillos se hinchan, tampoco importa.
Delphine de Vigan me entrega en este rato de aire las últimas ciento y tantas páginas de su proyecto más ambicioso. Un relato descarnado sobre su madre. Un encuentro con la vida y con la muerte y la lidia de una mujer que al debatirse vitaliciamente entre ambas dejó trozos de cuerpo y de posibilidades tirados en todos sus caminos.
Su existencia fue una intermitencia de dolor y desencanto interrumpida por escasas iluminaciones.
Llego al último párrafo conteniendo un llanto manso pero continuo. Emoción y entendimiento me empujan, sé por qué, no sé a dónde.
“Nada se opone a la noche” se enreda en las manos con las que sostengo certezas fundamentales.
Contener el llanto provoca un intenso dolor de cabeza, lo agudiza la presurizada atmósfera de la aeronave. A lo mejor el dolor es producto de la concatenación de palabras del libro.
Están colocadas —las palabras y sus revelaciones— como si fueran símbolos. Inusitados, feroces y crudos símbolos de un lenguaje subterráneo que reconozco piel adentro.
Contenerme provoca dolor. La historia agita los lugares del dolor. Existen libros de belleza dolorosa, libros que empujan a la belleza del dolor, libros hermosos a pesar del dolor. Libros irrepetibles a propósito del dolor.
Reconozco en la madre de De Vigan la soledad que se siente a pesar y por encima de la compañía, la que no sucumbe. Encuentro también la incapacidad de encender más las propias luces, también la insaciable sed. Sé de qué está construido su padecimiento, conozco cada capa, cada material, su orden y su caos. Melancolía, así la nombraron . La de ella tocó las honduras, le empujó a cruzar fronteras que desconozco y temo.
No. Nada se opone a la noche.
“Nada se opone a la noche”
Delphine de Vigan, Anagrama
