Nace un poema

Al caer la tarde se reúnen. Acuden al bálsamo de la amistad en busca de cobijo.

Unidas por su historia, hablando un lenguaje que han hecho propio por tanto gastarlo en la construcción de posibles respuestas, brindan como solo ellas saben brindar.

Celebran la vida y celebran la pena acompasadas por sus voces y sus copas. Con arrojo y con risas, con la justa dosis de lágrimas, con la dignidad que otorga la experiencia, resueltas a seguir adelante, con inmenso amor.

En un ocaso como esos nació este poema.

“La noche, vestida de sombras, de silencios y cansancio, nos trae a este sitio, sedientas de comprensión.”

Todos somos responsables

Bajo la vocecita de la niña subyace una tempestad milenaria. Cadenas interminables de generaciones que no vencen al coloso del hambre.

Ella, detrás de una mascarilla empapada demasiado grande para su rostro pequeñito, es apenas un eslabón.

Como tantos, pide ayuda en el semáforo.

Y no sé si es la lluvia o son sus ojos o mi incapacidad de escucharla detrás del agua pero esta tarde su tempestad se ha metido en todo mi cuerpo.

El hambre es un producto de condiciones imposibles más profundas. La pobreza se erige como epicentro.

No se rompe la cadena, su poder es exponencial. Es, a su vez, resultado de otra cadena.

Causas y consecuencias de las que todos, con o sin conciencia, somos responsables.

Otras alegrías

Las otras alegrías, quedarte con ellas o permanecer en ellas.

Grabar dentro de su imagen lo que fuiste cuando sucedieron, lo que sentiste mientras duraron.

Crearles una rúbrica a donde volver, convertirlas en asidero.

A las otras alegrías, aunque hoy sean solo el recuerdo de coincidencias inesperadas y silenciosa certidumbre, construirles un íntimo altar.

Algo así.

#enpocaspalabras

Viejo pergamino

El cuaderno de los poemas felices, mi viejo pergamino de tiempos salvajes, guarda en su cuerpo el recuento de una juventud que hoy parece historia de otra vida. Hilvana un tiempo de intensa inquietud. Leerlo es como navegar misterios. Es viajar a otras eras o a extraños planetas. El tiempo y la cadencia de los sucesos se sienten ajenos. Incluso el paisaje parece lejano.

Tanta vida se ha gastado desde entonces. Tanta piel ha migrado.

Más allá de la sensación de aparente distancia, subyace una inmensa verdad.

Alguna vez existieron jóvenes con hambre de mundo y de vida, con un apetito jovial y voraz. De aquellas chicas y chicos quedan retazos de memoria, tatuajes invisibles, imágenes sepia, la complicidad del silencio. Secretos discretos. Música interior. Miles de palabras, algunas escritas. Y a veces prodigios, regalos del pasado aún con sangre y corazón.

Porque, como si de un conjuro se tratara, emergen iluminados y completos desde historias sólidas en recuerdos.

Y no llegan en vano. Reviven y sacuden un presente que se quiebra. Ponen orden en cúmulos de años cansados. Dejan un toque de esperanza. A su paso, queda el gran umbral abierto de nuevo.

Al final del día, el cuaderno es un poderoso símbolo, una reliquia conservada a buen resguardo. Cuando el tiempo así lo dicte, por el andar de la pena o por el desasosiego, sus páginas cobrarán de nuevo carácter de talismán.

 Y ahí estará la joven, intacta, aguardando a ser invocada para volver con la lumbre de su historia a iluminar los días ocaso.

Y volverán también los demás, como fantasmas, con sus cuerpos jóvenes y sus sueños aún de pie. Volverán en el recuerdo, gracias al viejo cuaderno.

Magnetismo

Tomó mis manos entre las suyas. Luego mis pulgares. Mientras iniciaba ese contacto tan profundamente humano, fue explicando que todo en nuestro cuerpo es asunto de energía, que nos rige el magnetismo. Somos polos y tenemos polos, dijo.

Por otro lado, explicó que en nuestro cerebro hay una suerte de bóveda donde guardamos eventos trascendentales y en la que sobreviven emociones atrapadas, una recámara inconsciente conocida como amígdala.

Sin conocer nada de mi historia personal, mientras sus manos y las mías celebraban una danza en la que eran imanes, fue adivinando vivencias demasiado importantes, casi todas íntimas, con asombrosa precisión cronológica. Su serenidad y conocimiento fueron un regalo. Se llama Paula.

Encontró en el magnetismo de mis manos la llave de la bóveda.

Una a una emergieron las experiencias pivote, las de las cicatrices y las huellas. También abrió una ventana para liberar las emociones encarceladas.

Lloré de asombro y lloré de sentimiento. Lloré porque es lo que hago cuando me descascaran lo que trato de cubrir. Lloré porque es uno de mis lenguajes más elocuentes.

El escrutinio de mis campos magnéticos sucedió durante horas. Se trata de una terapia llamada Biomagnetismo o terapia de imanes, una búsqueda alternativa de cura para distintas dolencias. Gran parte de las enfermedades tienen origen en las emociones, explicó la terapeuta. Su voz, pura miel, sus palabras, toda paz.

Habló del equilibrio, de las afirmaciones ponzoñosas que nosotros mismos imponemos, de cómo somos expertos del auto-sabotaje. Explicó con evidente conocimiento de causa las respuestas del organismo.

He buscado solución a la migraña durante años sin mucha suerte. Desde medicamento profiláctico, hasta pastillas atómicas, pasando por gotitas naturales. A algunos alimentos los he declarado enemigos públicos, he bebido tes amargos de dudosa procedencia, incluso me pinché con filitos de acupuntura. He probado amarrar pañuelos con apretada desesperación alrededor de la cabeza. He probado hielo y he probado fuego.

Lo único que sirve, y debe ser todo al mismo tiempo, es la oscuridad, el silencio, la paciencia y la humildad. Sí, humildad o resignación. Porque es un criatura mucho más poderosa que todas mis versiones.

La migraña, cuando llega manda. Se retira cuando se le da la gana, normalmente después de haber roto un día o una semana. Por causa de su tiranía llegué esa tarde a la terapia de imanes.

Después de encontrar capítulos y desmadejar las emociones o sensaciones que mantienen enfermando al organismo, Paula, sin saber que colocaba en mi vida un inmenso regalo, me acompañó sin prisas en un curioso proceso mediante el cual reescribimos las historias.

Fue un ritual para transformar los miedos, los momentos en que me supe despreciada y que ella fue adivinando, las derrotas, el dolor, las tristezas, el pánico y demás oscuridades.

Algunas experiencias, como la muerte de seres amados, son tan radicales que se reescribe la mirada a la historia, no la historia en sí. Todo un aprendizaje. Una especie de reprogramación o una interpretación desde la luz.

Finalmente llegó la etapa física. Me condujo a una camilla y colocó imanes de potencia poco común sobre todo mi cuerpo. Luego me cubrió con dos gruesas frazadas. Al parecer, el magnetismo y el frío están relacionados.

Llenó el ambiente de musiquín relajante y bajó la luz a media asta. No sé cuánto tiempo transcurrió. Sé que la mente estuvo desdoblada por completo de las atrocidades que le inflijo.

Después de retirados los imanes, sentí gana apremiante de ir al baño. Aquello fue un Iguazú, una larguísima canción. Litros y litros de agua salieron a tropel de mi cuerpo. Estás drenando, explicó.

Las manos fueron instrumento para encontrar respuestas. Los potentes imanes lo fueron para colocar piezas rotas de nuevo en su sitio. Me traje una que otra revelación y la construcción de nuevas esperanzas.

Cuando arribé al lugar, la tarde estaba linda, puro augurio de verano. Llegué muy puntual, sin saber exactamente qué encontraría o qué iba a suceder. Vecino al edificio en donde sería la cita encontré un parquecito. Un terreno irregular verde escándalo, cuidado con esmero. No sé por qué, pero llamó mi atención tanta belleza en tan pequeño espacio. Fue la armonía, supongo, y los árboles. Después de soltar un par de minutos en el parque volví a lo mío. Toqué el timbre.

Lo que sucedió a continuación fue un rito de pura energía. Queda su recuento en los párrafos anteriores para recordarme, cuando la vida apriete, que somos fuerza magnética.

Somos las madres

En nuestro vientre se han gestado universos completos. Hemos parido la historia de la humanidad. La que se cuenta de hombre en hombre, de mujer en mujer, la que se teje siglo tras siglo tras siglo.

Somos la sangre y el llanto y el líquido mágico que sostiene la vida mientras se completan las formas.

En nuestro cuerpo la concepción, el alumbramiento, el enigma mayor de la vida.

En nuestro cuerpo también el alimento.

Somos tierra y océano, somos aire y somos fuego.

Somos las madres.

Escribir acerca de mi mamá

Este año ha sido una locura, un cambio tras otro ha caído desde todo tipo de alturas y mil tareas han sido multiplicadas. El tiempo es un bien cada día más escaso.

Pero si un medio en el que he colaborado y de paso, dicho sea, disfrutado mucho de la experiencia , me invita a escribir sobre mi madre, no lo pienso dos veces. Al final del día, acerca de ella he escrito bajo todo tipo de miradas, una y otra vez. Mi madre ha vivido una historia compleja. Ha tenido una dosis fuerte de tragedias y otra de gozo. La suya es una vida digna de contarse.

Aquí comparto la colaboración en Ladrona de frases, para que quede recuento del homenaje que quise rendirle.

Manual de procedimientos familiar o de cómo aprendí a trabajar

La celebración del Día del Trabajo tiene un origen triste. Muchos de los que participaron en la huelga del 1 de mayo de 1886 en Chicago fueron condenados, algunos a muerte. Es escandalosamente incomprensible.

Pero más allá del origen del asueto, el trabajo se celebra y se agradece. Mi primer empleo fue cuando tenía 13 años, en un parqueo del Centro Cívico. Nada heroico, una mañana mi mamá simplemente me avisó que trabajaría ahí durante las vacaciones.

—Tenés que aprender a trabajar— dijo, su sentencia resultó ser uno de los mejores regalos que me ha dado.

Todos los días, mi madre me colocaba en la caseta-oficinita a las 7 de la mañana. La encargada de la caja se llamaba Lesbia, ella sería mi mentora. En aquella época, la mente y el tiempo eran las máquinas. Debía aprender a usar el reloj marcador, a dar y recibir los tickets, a troquelarlos y a calcular tarifas. A cobrar y dar vuelto. Aún no existía la automatización servil de las computadoras.

Me gustaba mi trabajo.

Tuvo gracia colateral. Aunque no fuera parte del perfil de mi puesto, también aprendí a encender, mover y estacionar carros. Resignado ante mi insistencia, Tomás, el encargado, no tuvo más remedio que enseñarme. Manejar carros ajenos a esa edad fue aventura.

A pesar de lo poco común, mi primer empleo como vacacionista es inolvidable. Ejercité de ida y de vuelta el cálculo mental, entendí lo que se gestaba en la Torre de Finanzas, lo que sudan los imparables procuradores y entre chismes de barrio, me enteré de algunas oscuridades que sucedían en Torre de Tribunales. Pregunté y pregunté y pregunté. Conocí gente diferente de todas las edades.

Aprendí, ante todo, a encontrar gozo en el trabajo. Mi mamá me dio la oportunidad, el ejemplo, mejor aún, colocó el hábito en nuestros genes.

Sí. La mística que subyace en el trabajo la grabó mi madre con contundencia en el manual de procedimientos familiar.

Desde estas décadas observo aquella vida de niña que dejaba de serlo. La experiencia en la caseta del parqueo me hizo sentir parte de otra dinámica, útil, hasta importante. Marcó un antes y un después. Definió que el rito del trabajo diario sería siempre mi camino.

Después vinieron los trabajos de vacaciones tradicionales: empaqué regalos, di clases a pequeñitos en cursos de vacaciones, fui asistente de una tutora de niños terremoto, vendí galletas. Pero mi trabajo en el parqueo será siempre favorito. Un recuerdo que hace bien.