Nocturno

En la desolación que trastoca la noche, no hay asidero más sólido que la sabiduría de un libro.

Mientras cobijemos la mente con mantos lectores, discretos, como si supieran de qué va esta vida, de qué va la noche, el dolor y el reto aguardarán.

SONIDOS DEL CONFÍN

Son las 2:47 pm, quinto día de un muy aislado confinamiento en mi habitación. El bicho me atacó, me colocó sus máquinas de síntomas aquí y allá y en el encierro he improvisado una oficina completa, una mesita clínica con medicamentos y un par de trucos nuevos para no enloquecer. Nuevos porque mis trucos suelen involucrar conversaciones en persona, locomoción, contacto humano. Libertad.

Entre otros adjetivos, hoy gastados con pésimo gusto, el COVID es secuestrador.

Abro de par en par la puerta del balcón, la primera de mis argucias. Si no puedo salir al mundo exterior, que el mundo exterior entre en la habitación en la medida de su generosidad. Hoy hasta la música me aburre. Y la poesía que suelo escuchar. Y los podcasts de autoayuda con los que me autoengaño. Eso son los más irritantes. Apago todos los sonidos reproducidos con dispositivos. Dentro de este gabán de silencio permito que sonidos externos entren por la puerta corrediza, resbalen por las duelas del piso, exploren la habitación, suban a mi silla de trabajo. Caminen por mi sudadero de Mickey Mouse, besen mi nuca, me abracen y, finalmente, que entren por los pabellones de mis oídos. Cada resonancia, distinta y distante, hace lo suyo.

Un albañil pica algo con experta cadencia. Chifla contento mientras tritura su superficie. No sé qué es, piedra o concreto. Algún ave conversa en una ventana cercana. También picotea. El viento se deja escuchar, es él quien trae los otros sonidos, es él quien me permite sentir el mejor. 

En un jardín invisible, ignoro sus coordenadas, un grupo de niños pequeños juega. Alguien corre tras de alguien, alguien derrama carcajadas, alguien protesta. Al unísono ríen. Repiten una palabra que no logro descifrar, juegan algo que desde aquí desconozco. Me regalan ecos de niñez. Y caigo en cuenta. No hay niños en mi cercanía familiar. Ni uno solo. Mis hijos son hombres, mis sobrinos y sobrinas van soltando adolescencias, se hacen adultos todos. Nadie procrea. No tengo niñez cercana.

Aun así, o quizás por lo mismo, los ecos niños que entran por el balcón me otorgan una paz pequeña pero nueva. Traen vida. Traen curiosidad. Rompen la monótona espera.  Con ellos llegan recuerdos que en este estado de inflamación solitaria asoman exultantes. Porque fuimos niños de jardín. Los peques de mi generación fuimos niños Tenta, Chiviricuarta, Escondite, Un Dos Tres Cruz Roja. Electrizada. Fuimos niños Matatero-terolá, mi siempre favorito.

Tengo ganas de salir volando por el balcón, aterrizar en el jardín que me trae voces de pequeños. Tengo ganas de pedirles que me permitan jugar con ellos. Tengo ganas de salir volando de mi cuerpo y ser niña de nuevo. Tengo ganas de no volver.

 Son las 3:14 pm. Aún tengo cerca y lejos voces alegres.

Las 3:52 pm. Se han ido.

Tengo ganas de salir volando. Tengo ganas de no volver.

Florece

La tristeza es un espacio en el que, con un extraño matiz, la creatividad florece.

Tal vez por la elocuencia de las sombras.

Tal vez porque el contraste entre pasado y futuro, optimismo y desolación, realidad y anhelo es brutal, se hace evidente como nunca.

Necesita salir del alma eso que la quiebra, o necesitamos explicar el porqué del abatimiento. Entonces el lado creador del cerebro enciende las fuentes. Nace arte de las lágrimas, nace belleza del dolor.

Una paradoja inmensa de la condición humana.

De la vida las canciones

Podría escribir canciones sobre lo que las canciones mismas han obrado en mi forma de entenderme con el mundo. Guardo historias imprescindibles sobre lo que me han hecho sentir. Pero yo no escribo canciones. Lo que escribo llega en forma de poema o nace en el corazón de la prosa, o en el argumento de un cuento. Y, cada vez con más frecuencia, para dar sentido al camino que he recorrido, escribo memorias.

Las canciones habitan muchas de ellas. A veces como protagonistas, otras como banda sonora de una experiencia atesorada. Cada una evoca un momento o temporada, un descubrimiento, una persona adorada, un despertar, un sentimiento o una nostalgia.

Poseo un prolongado inventario musical para estas dimensiones temporales y emocionales. Algunas pocas, muy especiales, reúnen todo lo anterior. Son pilares en mi historia.

La música, después de todo, ha sido fiel compañera en mi condición femenina y mortal.

Mi abuela paterna escuchaba boleros. Los sorbía, los sentía, los canturreaba con una particular vocecilla que me hacía pensar en las películas mexicanas de los años 40. También tenía fascinación especial por la canción Dos Arbolitos, El Triste de José José y la inmortal Historia de un amor cantada por Eydie Gormé y Los Panchos.

Alguna vez lo hablamos, a ella le sucedía lo mismo. Cada una de sus canciones ha viajado conmigo siempre. Historia de un amor aún obra lo suyo en mi espina dorsal.

De aquellos boleros que a veces se antojan rancheras, o nacieron como rancheras y fueron disfrazados de boleros, guardo una Epifanía. Tenía 9 o 10 años. Una mañana de vacaciones, en el Mixco de mi familia, me descubrí emocionada hasta las lágrimas escuchando Sombras Nada Más de Javier Solís. Pude ver al intérprete abriendo sus venas, devastado, muriendo de amor. Era un tocacintas, mi cómplice aquella mañana. Gasté el cassette regresando los acordes, una y otra vez, hasta que aprendí cada una de sus palabras, cada uno de sus dolores. Al día de hoy, la escucho y muero de amor por la versión del amor que me había inventado. Una versión inexistente.

El umbral de la adolescencia lo crucé cantando. En aquellos años 80, la música en inglés era la que nos movía. De los primeros enamoramientos me quedé con Careless Whispers, Cant Fight this Feeling y I Cant Hold Back.

Sin embargo, en octubre del 84, llegó a mi vida una canción que representa todas las transformaciones que la música me regala hasta el día de hoy. Fue un despertar, un descubrimiento, el nacimiento de un afecto invencible, una temporada que conservo como amuleto inmortal. Hoy, es una nostalgia que interrumpe mi respiración. No More Lonely Nights de Paul McCarthy, más que el recuerdo de un viaje, simboliza un rito de paso.

Mi infancia cerraba la última de sus puertas. Los 15 años que tenía entonces anunciaban a la mujer en la que habría de convertirme.

Esta mañana de domingo mudo llegó sin ser invocada a mi reproductor aleatorio. Paul cantó como si supiera de qué están tapizadas las paredes interiores de mi corazón.

Conservo a buen resguardo tantas, que podría escribir una memoria de cada una de ellas. I Don’t Wanna Talk About it de Rod Stewart, Take a Look at Me Now de Phil Collins, Yo No Te Pido La Luna de Daniela Romo y muchas otras más.

Mis hijos trajeron en el ADN el mismo asombro musical que su madre, hemos hecho nuestras muchas canciones.

Pero hoy, agradecida, presa de una fuerte conmoción, me cobijo en la profundidad de No More Lonely Nights.

Con celosa devoción

Coloco en las extremidades del árbol capítulos de historias únicas, irrepetibles. Mis hijos, con cada tramo de su infancia en la mirada, asoman como estrellas en los adornos.

Hoy son hombres mis hijos. Pero las figuritas guardan con celosa devoción más de dos décadas de recuerdos. Casi puedo escuchar sus voces como eran antes de que cruzaran el puente.

Y la emoción me subyuga bajo los silencios que quedaron en su sitio. Me queda grande la noche, por eso te lo cuento. Tal vez tú también oyes lo que me cruje dentro.

Fotografiar al viento

Andar con cadencia ligera las afueras del domingo sin más compañía que un noviembre verde azul, desemboca en la visión benefactora de un camino nuevo.

El viento se deja fotografiar. Y en la captura de su garbo lo acompaña la eternidad del volcán.

Somos apenas tres. Un noviembre, un volcán y una mujer. Y este mediodía que anda con pereza silenciosa su ruta hacia la tarde, no necesita más.

Noviembre

Hay atardeceres que doblan las esquinas a todos los dolores. Los de Noviembre son avezados en el arte del doblez.

Tal vez por sus tonos mandarina lila, tal vez por el frío que coloca en las ventanas.

O será por la copla indescifrable que trae su viento.

Minutero y brújula

La vida te va enseñando que el reloj, poderoso dueño de la prisa, es más que el verdugo vociferante de tus tardanzas.

El minutero con su cadencia interminable se convierte además en brújula. Un objeto con voluntad propia que te arrastra a la realidad cuando andas perdido en ensoñaciones de tus otros tiempos.

Y en el tirón te separa de alguna alegría.

El reloj con todos sus significados te subyuga hasta convertirte en esclavo de un concepto que nunca terminamos de comprender.

¿Dónde en la foto?

No solo los saldos de fiambre asoman en el refrigerador, como flores acuáticas, ansiando algún apetito entusiasta.

Queda también un modo reflexivo en el entendimiento, quedan silencios viscosos. Un álbum de imágenes se mueve como carrusel en emociones que no se nombran fácilmente.

En la foto ¿dónde se hubieran colocado quienes ya no están?

Y luego pienso que no. No tomamos ninguna foto de todos juntos. Estábamos contentos, sin duda. Pero el rito se va haciendo distinto.

Una extraña dispersión flota en el recuerdo de ese día, otra suerte de fantasma. Pero no la nombramos por temor de que algo se quiebre.

En su día los muertos

Que ya no escriba a mi muerto aconsejan mis más queridos. Y a veces obedezco.

Entro en mansedumbre, no me agita la nostalgia, la herida guarda silencio.

Pero hoy se vale. En su día, no lamentamos la ausencia de los difuntos, celebramos la presencia de su recuerdo.