Música para mi madre

Un recuerdo ancla con profundidad en la alcoba mayor de la memoria. Años de infancia, de padres jóvenes y vivos. Años de niñas pequeñas. Tiempos breves de legítima felicidad.

Mi mamá está sentada en el sofá de la casa de Mixco. Es sábado o es domingo, empieza a atardecer. La sala es un escándalo color naranja. La tapicería de los sillones inevitablemente evoca papel para envolver regalos. Es un tanto chillante, un carnaval de girasoles, margaritas y cualquier flor en colores sol y limón. En el centro reposa una alfombra peluda del color de la leche. Mi mamá viste un sudadero holgado, blanco. Usa lentes con marco redondo y oscuro, el cabello lacio recogido en media cola. Corren los años setenta.

Sostiene un disco LP en sus manos. Ve la portada y explica lo que el disco significa para ella a sus niñas, a las dos mayores. Cuenta que los cuatro jóvenes que aparecen en cascada sobre la portada son los Four Seasons, aún no se llaman Frankie Valli and the Four Seasons. El disco, dice, lo tiene desde que era soltera. Hace apenas siete años. Habla con nostalgia de lo que llama su juventud. Mi madre evocadora no tiene más de veintisiete.

Su música le emociona, se le nota en el rostro. Saca el vinilo, enciende el muy viejo equipo de sonido. Lo coloca sobre la tornamesa. Con extremo cuidado, mueve la frágil aguja al inicio del disco. La música llega plena, armoniosa, un poco aguda, algo que comprenderemos más adelante cuando conozcamos la tesitura de la primera voz de aquel cuarteto. Es pegajosa y envolvente. Lo es, sobre todo, por lo que enciende en mi joven mamá. Lo es porque la pone a cantar.

El de mis papás es un aparato manual, algo dinosaurio. Una caja de madera llena de cositas a la vista. Funciona con unas bujías que cuando se recalientan se apaga. Y se recalientan con cierta frecuencia, pero esta tarde en particular no padecen calor. Permiten que escuchemos durante horas.

Mi papá adoraba su anciano equipo de sonido.

Sherry es la primera canción que escuchamos. Mi mamá canta, mi mamá siente su música de adolescencia como con el tiempo sus hijas aprenderemos también a sentirla. Luego llega I have got you under my skin. Tengo seis años, esa canción lentuca y meloromántica no me seduce como la primera. Continuamos escuchando. Mi favorita del viejo primer disco es sin lugar a dudas Walk like a man. Ni mi hermana, dos años menor que yo, ni yo, entendemos una gota de inglés. Eso sí, empezamos a comprender como idioma materno, imprescindible y cotidiano el lenguaje de la música.

Crecimos con los días y las noches y los trayectos en carro inmersas en el cobijo de la música. Crecimos con la historia marcada por canciones.

—Esta es la canción que escuchábamos cuando nos mudamos. Aquella estaba de moda cuando fue el accidente. A tu papá le gustaba tal o cuál canción. Esa canción me recuerda a… o me recuerda cuando…. Y cantamos. Esa es de las canciones de mama. Y seguimos escuchando y seguimos cantando. Y las repetimos.

Es el turno de The Mamas and the Papas. Otro álbum de su adolescencia. La primera canción que escuchamos se llama Monday Monday. Aprendemos que monday significa lunes. La que cautiva a todos de ese álbum es la clásica California Dreaming. De nuevo, el rostro de mi mamá se ilumina. Sube las cejas, cierra los ojos. Mi mamá canta.

Con el tiempo aprendimos a oírla decir que esta o aquella son canciones de su época. Hablaba con frecuencia de Neil Sedaka. —Esa canción me recuerda mi juventud— fue una frase que escuchamos con constancia. No recuerdo el nombre de la estación de radio que escuchaba en el carro. Tocaba música de los años sesenta, años en los que mis papás festejaban la juventud. De la música de mi papá los recuerdos son pocos. Barry White surge sólido en la memoria, y Herb Albert. También La Gallinita Josefina.

A mi mamá, como a nosotras, le cambió en muchos sentidos la vida cuando enviudó. Pero el gusto por las canciones permaneció intacto. En casa fue construyendo un mundito completo de música. Los LP poco a poco fueron sustituidos por cassettes. El regalo de cierta Navidad, para las cinco, fue un equipo de sonido moderno. El entusiasmo que vimos en mi mamá no era asunto de todos días. Sabrá ella que malabares crediticios fraguó para comprarlo. Fue a principio de los Ochenta. El nuevo aparato no tenía bujías de cuestionable termostato y la aguja de la tornamesa, como por arte de magia, se movía sola.

Willie Colón y Rubén Blades con su álbum Siembra trajo a Pedro Navaja a la convivencia familiar. Barry Manillow fue llenando de baladas románticas una repisa con sus consecutivos cassettes. Donna Summer, Peaches and Herb, Vicky Carr, Studio 54, y tantos otros fueron los compañeros de mi mamá y sus cuatro hijas. Los escuchábamos hasta que gastábamos las cintas. Hasta reventarlas.

Cierro los ojos y la veo bailando al compás de New York, New York. Tan joven, tan linda, tan mamá viendo cómo jocotes hacer para sostener sola a una manada de cuatro niñas.

La semana pasada cumplió setenta y siete años. Desde hace algún tiempo dice que perdió el gusto por la música, que ya no le entusiasma. Una verdad a medias porque, cuando compartimos con ella algún recuerdo o alguna novedad, se le encienden los entusiasmos, cierra los ojitos, sube las cejas, levanta los brazos y se mece como quien quiere bailar.

Después de que le envié un reel con videos de aquella musicalidad de los años Sesenta, la de su pubertad, me preguntó donde podía encontrar la lista de reproducción. Quería escuchar, y/o ver, las canciones completas.

Se me ocurrió hacerle un playlist. La era digital tiene sus bemoles, pero si se trata de música, ha sido un regalo, una llegada a la luna, casi tan maravilloso como el invento de los pañales desechables.

Durante tres o cuatro noches me di a la tarea de localizar y ordenar canciones. Spotify, aliado fecundo facilitó mucho la tarea. Encontré las canciones del reel, las que recuerdo oírle evocar muchas veces, las de Neil Sedaka, las que escuchábamos durante horas y trayectos en la radio cuando éramos chiquitas. Todas de sus tiempos adolescentes.

Por supuesto, incluí las de los álbumes que aquella tarde en Mixco, con el aparato dinosaurio, mi papá vivo y la felicidad legítima en su justo sitio, nos revelaron el lado lúdico, ilusionado y musical de una mamá siempre ocupada.

Se la mandé en altas horas de la noche.

¡Todavía me sé la letra de muchas! — me escribió al día siguiente.

Con ese mensaje, afirmo que el regalo lo recibí yo.

5 comentarios sobre “Música para mi madre

  1. Hola Nicté!

    Soy melómano desde que tengo memoria (según mi madre, desde antes: según ella me dormía con El lago de los cisnes o con Glen Miller). Por eso me encantó tu texto.

    Abrazos para ti y otro para don Federico!

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