De la danza

Nada, pues hoy es el Día Internacional de la Danza, pero este andar por rutas de pandemia ha apagado el tintineo que canta cuerpo adentro.

En honor a la fecha, practico un zapateadito. Al menos durante un rato, cierro los ojos a la incertidumbre.

Reencuentro

La pandemia ha traído una dulce ruptura, me estoy divorciando de la reinvención diaria del rostro.

Ni rímel ni polvos ni trazos disparejos con delineador.

Después de más de un mes de no ponerle nada, nos hemos reencontrado mi cara, los años y yo.

Como cuando éramos niños.

La conciencia de que la fragilidad es colectiva no evita la tiradera de palabras o palabrotas, de platos y sartenes, de rudos silencios.

Aunque el mundo continúe de rodillas, estamos condenados al eterno desencuentro. #somossapiens

Monte de la soledad

Hay un monte solitario donde me pierdo cada tarde. Solo los perros de nadie conocen mis escondites, puede ser que los árboles también.

Espacio verde y salvaje, se convierte en refugio, una guarida, el escape desesperado a esta condición de desencuentro y desencanto.

La pandemia mundial nos tiene desbordados, en casa se ha erigido la torre de Babel. Bajo su sombra de múltiples incertidumbres languidezco.

Nadie comprende a nadie. En el aire flotan cuchillos invisibles.

En mi monte encuentro oxígeno, luz, mariposas ignorantes de las penas.

Árboles de muda sabiduría, flores que se abren a una única primavera.

Dentro soy visible en la medida en la que soy necesaria. Afuera soy visible e invisible al mismo tiempo. La mejor forma de existir.

Los perros sin dueño asoman desde extraños escondites, les temo suficiente para no acercarme demasiado. Como si adivinaran, ellos hacen lo mismo. Sin embargo, siempre salen a mi encuentro.

Son libres, los perros de nadie.

Espejo

Pillo a mi abuela viéndome desde mi propia imagen. Algo así como en las pelis raras.

Era un mujerón, mi abuela. Le tocó duro y fue inmensamente fuerte para reinventarse con lo que vivió. Heredé su estatura, lo zurdo, el gusto por la cocina y la pasión por los boleros. Murió después de cumplir 90 con cada pensamiento colocado en su justo sitio.

Mi abuela vive en mi sangre, la llevo en la memoria y en el amor a los hijos. Guardo en mis resquicios mentales, un baúl de recuerdos con su nombre tallado. Pintó tanto en mi vida, mi abuela Yelle. Continúa pintando. El día que se fue se llevó para siempre el hilo narrador de la historia de mi padre, su hijo, muerto tan joven. Me queda su mirada y un remolino indómito en el cabello, me queda el timbre de su voz cuando cantaba Sombras nada más y los Arbolitos gemelos. Me quedan las vacaciones de felicidad infantil en su jardín, los chocobananos que ella misma preparaba, el EggNog en vasito tequilero.

Me queda ella, completa, cuando me veo al espejo.