Ocurrió en París

Le llaman la ciudad del amor.  Aunque su gente vive de prisa, como si algún tren fuera a dejarlos para siempre, y algunos van por las calles sin sentido del humor, en pocas horas entendí que algo de cierto hay en esa afirmación.  Vi amor como no se ve aquí. 
Primero fue en un café, de esos que huelen a mantequilla y suenan a acordeón. En una esquina, tras la ventana salpicada por gotitas de lluvia, una pareja joven se comía a besos.  Ellos sentados adentro, nosotros parados afuera.  No era cualquier beso, llevaba  ternura. Toda la que le cabía. También urgencia, y caricias suaves en los rostros. Sonreían  entre sí. Otro beso, despacito. Parecía que para ellos el mundo y su ruido no existíamos. Luego se tomaron las manos.  Ambos, por instinto y al mismo tiempo, vieron cómo se amarraban sus dedos, se perdían en el nudo, se mezclaban.  Ahí quedaron los enamorados, con sus besos tiernos y sus manos pegadas. Nosotros seguimos caminando. El semáforo dio paso a los peatones.
Después fue una escena similar. Se parecía por los besos y las manos.  Eran ancianos. Dos cabecitas blancas reposaban en una banca de algún parque cuyo nombre no recordaré como tampoco olvidaré a su banca. Fue cerca de la Torre. El beso distinto, de otra belleza. Uno sólo, lento. Un beso de paz y muchos años. Lo vi desde  lo alto del bus para turistas, ese sin techo, que recorre la ciudad con paciencia. Si no les tomé foto fue porque temí romper su momento. Y por respeto. Demasiado sublime, un beso octogenario.
La última, muy distinta, fue la mejor. Vi a un indigente de barba y cabello largo, de esos que no conocen cepillo.  Traía puesto un abrigo de cien años, demasiado grande para su cuerpo huesudo. Lo acompañaba un perro de colores. Flaco como su dueño, hambre en la cara. De repente
el hombre abrazó a su perro, y empezó a besarlo mientras lo acariciaba. Le dio muchos besos, en el hocico, en los huesos de su cara pequeña, hasta en los ojos. Lo veía con amor del de verdad. Y le hablaba! El perro se dejaba y correspondía. Movía la cola mientras le daba lengüetazos. Tampoco tomé foto. No soy quien para capturar semejante belleza, para robar amor ajeno.
Sí. Le llaman la ciudad del amor.

La escultura es Psique reanimada por el beso del amor, Antonio Canova (1787 – 1793). También conocida como “Eros y Psique”. La escena hace referencia al amor mitológico entre Cupido y Psique. Por supuesto está en el Louvre.

Me gustan los mariachis

Feliz casualidad la que me tocó vivir hoy, de pura algarabía. Salía de un lugar cuando escuché un escándalo de trompetas, guitarras y voces charras. Mariachis para una cumpleañera en el sitio menos pensado. ¡Dichosa la festejada! Toda metiche, me quedé un ratito, viendo de lejos, escuchando a los señores de sombrero y bigotes.
Viajé con sus notas y compases al pasado, a serenatas para amigas y amigos en los años 80′, a celebraciones en donde mis tíos, a cierto cumpleaños de mi abuelo Tata, en el que mariachis, hijas y nietos lo celebramos por todo lo alto. Puedo resucitar la emoción como si se tratara de ayer: los pelitos de los brazos como flechas, y los ojos de piscina.
Canciones inolvidables, amorosas  o rancheras que me iluminan ánimos y nostalgias. Letras completas en mi memoria, favoritas que aún mueven a mi universo. Y aunque nunca tuve la fortuna de ser festejada con semejante detalle, canté y bailé acompañada de su música bastantes y alegres veces.
Si se escuchan mariachis en algún festejo, es porque hay un grupo de gente reunida para celebrar la vida. Si es debajo de un balcón, es porque un enamorado lleva a su amada un homenaje de canciones, los mejores motivos.

Me gustan los mariachis. Por románticos, por su presencia y volumen, por sus canciones de siempre. Por lo que se siente.

El Encuentro primero

He movido de un lado a otro los muebles de mi cabeza. Busco mi primer encuentro con los libros. El primero de los primeros. He de haber sido tan pequeña, que andará esa imagen agazapada debajo de algún baúl. Los años han amueblado mucho de ideas y experiencias mi espacio mental. Y de libros. Tengo sin embargo, un recuerdo grande. Un momento imborrable. Dos libros gigantes y elegantes: “Cuentos del País de las Nieves” y “Cuentos de Andersen.”

Fueron regalo que a mi mamá le hizo su abuelo una Navidad cuando era niña. Tesoro por doble partida. Desteñí sus páginas de las tantas veces que los leí. Desde “La Sirenita” –el cuento de verdad, el de la siniestra espuma- hasta “La Niña de los Cerillos”, pasando por “Los Zapatos Rojos” y “El Patito Feo”. Eran tristes, muchos no tenían el final feliz que a alguien se le ocurrió darles. Pero eran grandiosos. Y me marcaron. Si dibujara un caminito, libro tras libro, de todo lo que he leído desde el encuentro con la niñez de mi mamá, no sé hasta dónde me llevaría. Muy lejos seguro.

Hoy celebro a todos los libros. Es su día internacional. ¿Cómo no rendir homenaje? Si me regalan la vida una y otra vez. En ellos viajo a pasados y al futuro. Visito lugares y corazones, conozco a gentes imaginadas y a personajes de verdad. Aprendo la historia de este loco mundo y sus mil culturas. En los libros me he enamorado muchas veces. Pocos asuntos tan generosos como un relato magnífico, como el asombro, como la rutina agrietada gracias a la bondad de sus páginas.

A todos mis cómplices en esta locura salvadora, les mando un abrazo de letras. Festejemos la grandeza de la literatura. Y cuéntenme, ¿Qué leen hoy, corazones de tinta?

En una fuente azul

Acordamos reunirnos en una fuente azul, Lucía y yo. Una fuente que adorna como si fuera colochito la intersección de la Gran Vía de les Corts Catalanes y el Passeig de Gracia. Barcelona es ahora su casa. ¿Cómo describir la emoción anticipada ante la certeza de que volvería a verla después de tantos años?

Lucía fue parte de nuestra familia durante muchos años. La sexta mujer en un apartamento habitado por una madre y sus cuatro niñas. y a veces, el fantasma de mi papá, cuando lo invocábamos con lágrimas o recuerdos. Llegó cuando empezábamos a  aceptar que la casa sería de mujeres sin remedio porque los hombres muertos no regresan. Ella, gran mujer enfrascada en un cuerpo menudo, se instaló al centro del que hacer doméstico. Mi mamá salía a trabajar todo el día. Mientras tanto, Lucía preparaba loncheras antes de salir a la parada del bus con “sus niñas”, revisaba deberes al final de la tarde y se tomaba muy en serio que cenáramos bien, y a tiempo.

Demasiada mujer para este país. De una aldea en Malacatán San Marcos llegó a la capital a los diecinueve años. Para trabajar y para estudiar. Ambos afanes con la misma importancia. En nuestra casa aprendió a leer, y la vimos salir de tercero básico. Aprendió que el mundo es mucho más que una aldea, y decidió que buscaría un futuro en un lugar del otro lado del mar.

Otro que muere

Sobre una torre había una mujer, de túnica blanca, peinándose la cabellera, que le llegaba a los pies. El peine desprendía sueños, con todos sus personajes: los sueños salían del pelo y se iban al aire.” Eduardo Galeano

Y ayer se nos fue Galeano, para engrosar la fiesta de los poetas muertos y vaciar de apoco el espacio terrenal, indispensable, en el que tanto brindan. Versos. Opiniones desnudas. Y amores descritos para taladrar al corazón. De colores y sabores. No se valen esas muertes. Los poetas deberían ser inmortales.
Lo que escribí cuando murió Juan Gelman, en el 2013. Y si lo repito es para despedir al gran Galeano…
EL CIELO DE LA POESÍA
El día en que murió mi novio poeta, Mario Benedetti (19 de mayo 2009), pensé mucho en la historia de la poesía. Estaba triste, muy triste y escribí lo que sigue. Ayer se les unió en el cielo de la poesía Juan Gelman y su corazón de violín. Los poetas deberían ser inmortales.
Si existe el cielo de la poesía, hoy preparó gran fiesta para dar a Mario la bienvenida de su vida, o mejor dicho, por su muerte. Imagino que en la puerta estaban parados, con sombreritos de colores y espanta suegras, Neruda y Sabines. Con algún verso nuevo lo abrazaron. El salón fue adornado con mil poemas, se escuchaba la voz de Bécquer el antiguo, quien conversaba con Machado. Don Miguel de Unamuno, serio y satisfecho por el nuevo miembro del Club, le estrechó la mano con calor. Conversaba con Pedro Salinas (mi otro novio). Federico García Lorca no se quedó atrás y le regaló un abrazo de sonrisas.
Las chicas no podían faltar: Gabriela Mistral con su falda larga, Dulce Loinaz y su mirada de profundidad perdida y Alfonsina Storni, quien todavía olía a sal marina cuando abrazó fuerte a su amigo uruguayo.
Claro que se encontraban otros fantasmas de las letras, no podía ser de otra manera. Cortázar y su inseparable cigarro, Borges con sus grandes silencios, Alberti, Martí y tantos más, recibieron felices al nuevo huésped. No creo que en la tierra hayan coincidido, pero nuestro Miguel Ángel Asturias también fue invitado a la bienvenida, el habita el mismo cielo.
Así es como nació el Club de los Poetas Muertos: en la imaginación de quienes los amamos y necesitamos para sobrevivir.
Y hoy, se llevaron a Galeano. Los poetas deberían ser inmortales.

“La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.” Eduardo Galeano