Cuando tenía siete años, mi mamá me llevó a la academia Chivolana para que aprendiera a tejer. Mi ilusión era tremenda, moría por aprender aquel misterio fabricador de cosas bonitas. -Las niñas zurdas no pueden aprender a tejer- dijeron -no hay maestras que sepan enseñarle.- Simplemente, no querían admitirme como alumna, era muy pequeña y para colmo de males soy zurda. Sin embargo, estas docentes profesionales del tejido no sabían quién era la joven con la que hablaban, no sabían a quien le estaban rechazando a la hija. Con su carácter de mujer gigante, con esa forma en la que nos ha protegido desde siempre, mi mamá no aceptó ni por un instante la negativa de aquellas maestras.
Hasta la fecha ignoro cómo hizo, a quien convenció o qué dijo. Lo cierto es que me inscribió. Durante aquellas vacaciones, de lunes a viernes cada mañana mi mamá me llevó con puntualidad a recibir mis clases de crochet. Contra los pronósticos de las que dominaban la materia, ¡Aprendí a tejer!
Soy nieta de una mujer zurda a quien le amarraron la mano izquierda en el colegio, hija de un zurdo con quien trataron de hacer lo mismo. Ese mismo día su mamá sin más ni más lo cambió de colegio. Mi papá antes de morir todavía tuvo tiempo de enseñarme a escribir «como derecha», con la mano izquierda. Y como las historias de las familias tienen un hilo conductor que rara vez se rompe, también soy madre de un niño zurdo. Es el hombre más creativo, artístico e imaginativo que conozco. Pertenecemos a una dinastía de un zurdo por generación.
A todos los que como nosotros viven en la alrevesada y muchas veces caótica realidad de los zurdos, les deseo felicidades, paciencia y sentido del humor en nuestro día.
