Tras bambalinas

Pregunta cómo estoy. ¿Todo bien? pregunta. Cerrás un buen año, dice. Cuando suelta esta última frase, no escucho el cantadito de un signo de interrogación. Un buen año, repite.

Tras bambalinas, el breve silencio se llena de respuestas.

Pues verás. Salgo del año con la vista lesionada, aparentemente sin remedio. Salgo sin una uña. Una uña que se partió por completo y que se niega a renacer.

Llevo al tiempo nuevo un pie tan feo por la mutilación que la vista chueca me sirve para hacer de caso que ahí todo está completo. Y mirá que te habla la mujer del perpetuo pedicure. Se lleva el viejo año una arista de mi inútil coquetería.

Dejo atrás un año que ha impreso en todos mis lugares cada uno de los trucos que el tiempo urde para empequeñecernos.

En las butacas traseras agonizan un par de sueños que fueron imprescindibles cuando recién empezaba la función anual. Perecen bajo cobardías varias, responsables del fracaso.

Queda en el profundo entendimiento la áspera desolación de verlos partir.

En una sólida alcoba de la memoria, los meses han dejado la salvación que conceden los libros. Magníficos, cómplices, bondadosos y brillantes, maestros de todos los tiempos. Me quedo con la felicidad de su recuerdo. Una particular felicidad que nadie arrebata porque pocos la entienden.

Me deja, este agitado año, la dulzura de mi madre envejeciendo sin tregua, su fragilidad, mi deseo de sostenerla a toda costa aquí y ahora. Queda creciente la llama de mis hijos lidiando con sus adulteces, el privilegio de ser testigo cercano. El asombro. La gratitud.

Salgo del año con más grietas, menos expectativa, insospechada experiencia y la certidumbre de haber amado con ferocidad.

Queda roto mi corazón. Rotísimo, como los corazones que ven los horrores del mundo y las íntimas, dolorosas distancias sin poder subyugar ni lo uno ni lo otro.

Permanecen, porque lumbre también hubo, ciudades nuevas en el baúl del recuerdo viajero. Travesías de este año que llegaron como la sorpresa de una lluvia de estrellas. Inesperadas y trepidantes.

Se marcha el año y con él conversaciones que ansío guardar para siempre. Quizás me las deja, aquí, cercanas. Quizás hace relevo con su sucesor y se apiada colocándolas en los días nuevos. A lo mejor, con la sabiduría de quien ha concluido su misión, el año que abandona siente que esas tertulias son oxígeno. Ignoro si la ley de los tiempos admite compasivas transgresiones. Ojalá.

Me deja el año viejo transmutada en múltiples facetas, con un franco y sosegado cansancio trepando espacios vitales de mi cuerpo.

El breve silencio sigue presente. El collar de respuestas no se hace palabra, no sale de mi pecho hacia la campana de la voz. No me libera. No lo comparto.

Con tijeras protocolarias corto la pausa por la mitad.

Me deja bien, cierro estupendamente, claro. Un año inolvidable, respondo.

Sí, todo muy bien. Gracias.

¿Y tú? Cerrás un buen año, con broche de oro, sin duda.

El breve silencio se reinstala. Y, lentamente, como quien conoce el veredicto que un alma oculta, con paciencia aguardo. En cuestión de minutos asoma la respuesta prefabricada , la de rigor.

Jamás sabrá. Jamás sabré.

Mirala largo

Hacete un favor, poné los ojos en el rostro de la luna. Mirala largo.

Si tu día ha sido duro o triste o demasiado solitario, si hoy la vida te ha abatido, la de esta noche parece farol, dejá que te procure respiro, el día rudo esta luna te lo alivia.

Si fue lindo y feliz, si llegaste al derrotero cotidiano con el alma en sonrisa, que sea broche de oro de la buena jornada.

Mirala largo, mirala tendido.

Hoy llegó divina.


			

Ritual libro

Tomarlo con ambas manos, estrecharlo contra el pecho. Tocarlo con reverencia, olerlo con amor.

Leer el libro con todas las sustancias del cuerpo, con la mente en expansión devoradora, con fervorosa atención.

Leerlo como aquella a quien le va la vida en ello.

El ritual.

Cerrar los ojos

Rasgar el día, romper la noche. Rasgarlo como si fuera una hoja plagada de palabras equivocadas.

Romperla como si fuera loza de otro tiempo.

Soltar trozos del día en las manos del aire, barrer añicos de la noche, que los pies no sangren.

Cerrar los ojos, tratar, intentar, tratar…

Florece

La tristeza es un espacio en el que, con un extraño matiz, la creatividad florece.

Tal vez por la elocuencia de las sombras.

Tal vez porque el contraste entre pasado y futuro, optimismo y desolación, realidad y anhelo es brutal, se hace evidente como nunca.

Necesita salir del alma eso que la quiebra, o necesitamos explicar el porqué del abatimiento. Entonces el lado creador del cerebro enciende las fuentes. Nace arte de las lágrimas, nace belleza del dolor.

Una paradoja inmensa de la condición humana.

Noción antes durmiente

He tirado la misma toalla muchas veces. Quedo empapada de falsas razones, muerta de frío, desnuda y triste.

Pero hoy me ha iluminado un misterio indescifrable, una noción antes durmiente.

No es cuestión de tirarla, es cuestión de secarme distinto. De arroparme yo misma, de no morir de frío en aguas ajenas.

Contundencia

Te soñaba. Habitabas sueños frecuentes, vívidos, multicolor. Rozaban esas noches cierta felicidad. Pero no eras tú. Soñaba con una versión tuya que el inconsciente tejió. Eras un invento onírico para recrear la historia. Una osadía.

Sin embargo, a paso de noches largas y de fantasías tejidas con el humo de una esperanza desvanecida, la caverna del cerebro que fabrica los sueños perdió el brío. Claudicó. Abrió los ojos. Con aplomo, se hizo dueña de la verdad.

Aceptó que no hay ilusión superior a la contundencia de la realidad y, con sutileza, nos enseñó de una vez por todas a despertar.

Grieta en el tiempo

Queda un espacio entre la noche y la madrugada 
como puente 
tiende sus manos a la una y a la otra.

Se llena, el pasaje atemporal
de fantasmas de recuerdos de tristezas
de canciones.

De deseo.  
 
Es una grieta, un portal
donde el tiempo se detiene
cientos de luces estallan dentro.

Lo muerto cobra vida
mientras sus manos 
de eternidad  
sostienen la efímera existencia.
 
Luego el silencio
luego el insomnio y la memoria.
La necia memoria que no deja de dar vueltas
a su carrusel de pérdidas.