Arte y pena

La paradoja del arrobamiento creativo es inmensa. Las piezas más profundas surgen cuando el silencio se hace denso, la soledad implacable, la resignación absoluta.

Las palabras sueltan estelas de hermosura cuando se inflaman con el desaliento.

Los textos se crecen cuando aceptamos completo el lado humano del fracaso.

La tristeza se amansa. Ennoblecida, la tristeza se escucha, como fuente inagotable de belleza.

Acaso es la vulnerabilidad total del ser el lugar en donde se consuma la condición de artista.

Tal parece que la pena busca tregua en sentencias estéticas.

Desde el deseo o desde el dolor

La niña regresa a casa, pronto oscurecerá. Su madre la ha ido a recoger. Tiene cinco años y ha pasado la tarde donde su amiga Anisabel. En el auto quiere contar la gloria que trae dentro, la fogata que se expande en su pequeña mente. El recorrido es tan breve que aún no empieza. No sabe qué palabras utilizar. La niña y su madre entran a casa, aún no encuentra las palabras.

Esa tarde, la madre de su amiga, Carola se llama, les enseñó a leer. Dictó la primera gran lección. La pequeña se siente fascinada con las formas de las letras y los libros de colores con los cuentos que cuentan y el talento de Carola para instruirlas en el uso del abecedario. La niña necesita continuar.

Escribir. Escribir. Escribir. Seguir escribiendo pequeñas sílabas. Escribir hasta el amanecer.

Quiere usar las vocales y las tres consonantes que ha aprendido esta tarde. Desea hermanarse con ellas para escribir las historias que necesita.

La niña no sabe que este es el primer día del resto de su vida.

Los motivos irán creciendo con ella. Evolucionarán y envejecerán. Sufrirán el retorcimiento del desencanto. No, la niña aún no puede imaginarse.

Casi cincuenta años después, escribe con el mismo frenesí, escribe para crearse un mundo menos hostil, para encontrar sus coordenadas en el universo. Como lo hacía de pequeña, se hermana con las palabras para escribirse la historia que necesita.

Aquel día lo llevo puesto como si fuera ayer. En la escuela aún no nos enseñaban ni a leer ni a escribir. Carola me enseñó simultáneamente. Cuando llegó la escritura en preparatoria, ya era loca lectora y escribía oraciones completas. Inventaba cuentos telegrama. Como ahora, sabía muy poco de casi nada. Mis únicas certezas eran los lápices, la hoja en blanco y el placer que sentía al escribir. La escritura era un viaje a mundos alternos, el lugar seguro. Aún lo es.

Escribo para atizar aquella gloria de niña que me languidece adentro. Escribo para que mis muertos no terminen de morir, para interpretar los días y las noches, para desarmarlos y reconstruirlos. Escribo para evitar los abismos. Escribo para desafiar al mal silencio.

La vida ha sucedido con desencuentros tan violentos que he quedado atónita, sin poder hablar. Escribo para llorar lo que no puedo decir. Desmadejo los sucesos, procuro darles sentido, encontrar las razones que desencadenan violencias. Escribo para buscar por qué o para desentrañar el por qué no. Es como si al escribir encontrara otra manera de respirar, otra salida. Una manera de colocarme de nuevo las alas que dejé perdidas.

También han sucedido los acontecimientos deslumbrantes. Presencias o momentos han expandido la experiencia y han dado a luz historias que merecen el resguardo de la escritura. Escribo para no olvidar lo que he sentido cuando mi felicidad ha rozado la locura, para avivar las llamas del cuerpo y la luz del entendimiento. Escribo para decirme que no ha sido en vano.

Leer y escribir han sido los caminos más certeros para conocerme alma adentro. Las palabras son aliadas poderosas, dueñas de innegociable lealtad. Como hadas inmortales que se multiplican en misterios nocturnos, caminan cuadernos, libretas, tarjetas. Habitan en la memoria de mi ordenador, artilugio que a su vez resguarda la memoria de mi vientre.

Escribo para interpretar el entorno, para conocer a sus protagonistas y, si voy con suerte, para tender puentes.

El camino de la escritura me ha llevado a espacios emocionales insospechados. He aprendido a ser la voz de quienes no son escuchados. Las historias de otros han reconstruido mis paisajes interiores, me han entrenado en el arte del cuestionamiento. Me han hecho calzar los otros zapatos con tanta vehemencia que, sin proponérmelo, reescribo mi propia mirada, derribo los muros. Escribo para ellos y al hacerlo escribo para mí.

Desde el centro mismo de todos los sentimientos, a partir del deseo, a partir del dolor o a partir del amor, escribo para perder los grandes miedos. A veces lo logro.

La gran libertad

Los temas escogen al autor, lo persiguen, lo poseen. Se acomodan en el alma de la inspiración y la robustecen.

El escritor es instrumento vital de una intención superior.

Esta pieza pequeña de conocimiento es el umbral de la gran libertad.

Baile y escritura

Bailamos como escribimos, con el interior encendido, con la piel incandescente, con canciones en la mirada.

A veces, con la humedad de algún llanto inoportuno.

Después de todo, no son tan distintos, bailar y escribir. Ambos son voces del cuerpo, formas de hablar. Ambos, búsquedas permanentes, una construcción existencial.

Los dos registros cuentan historias.

Viejo pergamino

El cuaderno de los poemas felices, mi viejo pergamino de tiempos salvajes, guarda en su cuerpo el recuento de una juventud que hoy parece historia de otra vida. Hilvana un tiempo de intensa inquietud. Leerlo es como navegar misterios. Es viajar a otras eras o a extraños planetas. El tiempo y la cadencia de los sucesos se sienten ajenos. Incluso el paisaje parece lejano.

Tanta vida se ha gastado desde entonces. Tanta piel ha migrado.

Más allá de la sensación de aparente distancia, subyace una inmensa verdad.

Alguna vez existieron jóvenes con hambre de mundo y de vida, con un apetito jovial y voraz. De aquellas chicas y chicos quedan retazos de memoria, tatuajes invisibles, imágenes sepia, la complicidad del silencio. Secretos discretos. Música interior. Miles de palabras, algunas escritas. Y a veces prodigios, regalos del pasado aún con sangre y corazón.

Porque, como si de un conjuro se tratara, emergen iluminados y completos desde historias sólidas en recuerdos.

Y no llegan en vano. Reviven y sacuden un presente que se quiebra. Ponen orden en cúmulos de años cansados. Dejan un toque de esperanza. A su paso, queda el gran umbral abierto de nuevo.

Al final del día, el cuaderno es un poderoso símbolo, una reliquia conservada a buen resguardo. Cuando el tiempo así lo dicte, por el andar de la pena o por el desasosiego, sus páginas cobrarán de nuevo carácter de talismán.

 Y ahí estará la joven, intacta, aguardando a ser invocada para volver con la lumbre de su historia a iluminar los días ocaso.

Y volverán también los demás, como fantasmas, con sus cuerpos jóvenes y sus sueños aún de pie. Volverán en el recuerdo, gracias al viejo cuaderno.

De la mano, las palabras

Permitieron que viera su cadáver, que me acercara a su cuerpo para perpetuar nuestro último adiós. Estaba tendido en la mesa de la funeraria en donde lo habían arreglado, como si tal cosa fuera posible. Mi padre yacía plácido sobre una mesa metálica larga, parecida a las que hay en las cocinas industriales. Tendido, como si durmiera.

Fue justo antes de que lo colocaran dentro del ataúd.

Yo tenía nueve años y millones de interrogantes porque, lo que estaba pasando, lo que había pasado, lo que estaba por suceder, no tenía sentido. No era parte del plan ni de la historia tejida en mi cabeza de niña tejedora de cuentos. Era, en todo caso, una ráfaga de sucesos, como cuchilladas, que cortaban de tajo una vida. Hechos que escribieron una historia nueva, demasiado triste.

Lo abracé y besé y observé con fino detenimiento. ¡Cómo lo abracé! No quería soltarlo. Aún lo observo, a veces.

Buscaba en su rostro un pequeño respiro, un indicio invisible que mostrara la equivocación de todos y de todo. Sus hermosos ojos, cerrados, frondosos, no parecían muertos. Tenía raspones en las mejillas y arena en las pestañas. Un traje gris. Una corbata gris. Una camisa blanca. Elegante y guapo como cuando salía cada día a trabajar.

Pero esta nota no es sobre el funeral de mi joven padre. De él y de ese día he escrito ya suficiente, o mucho, en todo caso. Esta nota habla de las palabras y su poder salvador, las palabras y su capacidad de otorgar un poco de orden al caos inmenso que troceaba mi pequeño corazón de niña. 

Las palabras al poner sentido momentáneo al sinsentido atroz de una muerte como aquella, me enseñaron a alejarme del dolor durante valiosos instantes. A enfrentarlo con papel y lápiz.

Esa misma tarde, en casa de la amiga de mi madre que me cobijó mientras lo enterraban, hice un dibujo de mi papá. Y abajo le coloqué amor en forma de palabras.  Días después, escribí un primer poema, lo llamé “Te fuiste papá”. Rimaba y lloraba. Lloraba el papel y lloraba yo. Tenía cuatro estrofas de cuatro o cinco versos cada uno. Era un pequeño andamio de palabras con el que declaraba amor a un padre fallecido, como si quisiera colocar entre sus manos la verdad fundamental. Algo que hubiera repetido cada día si tan solo hubiera sabido que la muerte sería parte de nuestra vida.

Palabras. Pura pena y puro amor.

Mi abuelo lo mecanografió con sumo primor en la imponente máquina que reinaba en su estudio, una habitación de madera con un enorme escritorio oscuro y una vitrina-librera habitada por una muchedumbre de libros. Dudo que esos libros hayan sido leídos por completo, pero nunca sabré la verdad. A estas alturas, han muerto todos los que supieron. Todos, menos los recuerdos y las palabras magnánimas que los resucitan con su riqueza.

Mi madre no recuerda dónde quedó el poema. Lo vi en su casa hace algunos años, pero hoy se ha desvanecido. Mi madre está cansada. Debí raptarlo.

Me quedan las palabras, de nuevo. Una tras otra, como un collar de obsidiana, dibujan imágenes, elaboran secuencias, construyen una narración. La de un accidente en el mar en donde murieron cuatro personas y sobrevivimos solamente niños. La de una funeraria urbana, la del cuarto de madera asfixiado por una micro multitud de adultos, algunos ajenos ¿Qué hacían ahí alrededor de aquella mesa de metal esas personas que no eran nuestras?

Las palabras recrean la memoria, le otorgan cuerpo. Son su voz. Hilvanan con piedad la historia en el centro de mi historia. La de un padre dormido para siempre, sin sangre ni oxígeno ni movimiento. La de una niña que a los nueve años tomó en sus manos el amor a las palabras y el amor de las palabras para no perderse en tanta soledad, para no morir de tristeza cada día, para mantenerlo vivo en la cadencia de su escritura.

En clave de activo corriente

Esta lluvia que multiplica su canto sobre el techo del mundo, no es tonada para el  devenir con el que me gano la vida.  La música del agua no se presta para analizar estados financieros,  no se alinea con interpretaciones numéricas, predecibles y repetitivas.
 
Nada sabe la tempestad sobre presupuestos en inmaculado orden tabular. 
 
 Estas finas cataratas caen  para leer o escribir o  pintar. Se prestan incluso para la simple tarea de admirarlas  en su vertical esplendor.
 
Pero vuelvo a la otra lectura, la que se descifra en clave de activo corriente. Porque como no entiende de cielos nublados y no son suyas las cuatro estaciones, ni espera ni perdona. En la galaxia de las finanzas nada es tan implacable como la maratón del tiempo. Pronto es tarde.
 
Lluvia hermosa, vete al olvido.  ¿Acaso no escuchas, canción de agua,  cómo  rugen los números?