Bombas

Alguien tira bombas de iglesia a un aire en donde no hay iglesias.

Esta comarquita es puro monte. Colinas salvajes con un puñado de casas esparcidas como granos de sal en una tortilla.

Pero las bombas aúllan una tras otra, como si hubiera iglesia, como si no hubiera pandemia.

Inventan la Navidad para borrar, aunque sea una tarde de domingo, una tarde fría de un diciembre extraño, a un virus que tiene al mundo entero en vilo, un bicho que ahora no tiene más gracia que disfrazarse de otro.

Como si necesitáramos más miedos.

Visita primera

Cada metro que dibuja la distancia es una decisión, un antídoto contra el peligro. La verja, como si fuera frontera, representa un centinela que advierte hasta dónde podemos llegar. Aguardamos de pie, en la calle, un poco impacientes, tal vez. Desde nuestra posición fronteriza, detrás del rigor de las mascarillas y del centinela de hierro, la vemos aparecer. Asoma con su rostro engrandecido por la sorpresa, con sus manos que hablan y el cabello casi largo a pulso de pandemia. Una enfermera empuja su silla de ruedas. La coloca para nosotras justo en el umbral de la puerta, bajo un bañito de luz. Es mediodía.

Su cuerpo luce vencido, ella luce sonriente. Misterios de su enfermedad. Desayunó huevito revuelto con jamón y queso, responde mi hermana hermosa. Ahora está pintando, cuenta, con crayones de cera.

Hablamos trivialidades, con ella lo simple es divertido y es todo. Es mi primera visita desde que esta prueba ruda empezó. Más de cien días sin vernos y ahí, desde el otro lado de su lugar seguro, soltamos al aire palabras cotidianas para que recorran la distancia extraña y enorme, y aterricen en su umbral. Ella las recibe contenta, no mide los largos metros, no sabe cuánto pesan.

Conversamos como si nada extraño estuviera sacudiendo al mundo. En la brevedad de la visita callejera, nos divierte con sus ya se me olvidó y eso también se me olvidó. Desde su mundo paralelo que ya no se estremece por las atrocidades del exterior, ella sonríe una, dos, cien veces. Sus manos, en sincronía, continúan moviéndose robóticas pero con elocuencia infantil. Y vuelve a sonreír, mi hermana Mayarí.

La despedida es liviana, como si no nos ahogara la noción de que aún falta tiempo para desdibujar la distancia. Es simple, como si no supiéramos que para abrazarla y tenerla cerca y derramar sobre su cabeza los mil besos de siempre, queda en el incierto horizonte demasiada espera.

Por fortuna, ella ni se entera.