Nada nuevo

Este ritual de distanciamiento me ha enseñado que llevo practicándolo muchos años. La cadencia de mi trabajo es solitaria, apenas la interrumpen un par de reuniones al mes.

A excepción de mi taller de escritura y las clases de flamenco, las semanas llegan y se van sin conexión significante, incluso en la dinámica familiar, tan parecida al desierto. Las comidas son intentos fallidos, mi intención de verdadera charla pierda guerras cotidianas contra los celulares de los demás. Una y otra vez. El mío no ve la mesa. No he llegado a perder contra mi propia esperanza.

Somos tan pocos en casa, es tan grande el silencio. Cada uno desde una galaxia ajena sobrevive a años luz del otro.

La redes digitales quedan excluidas de mi hallazgo. Conforme las pieles y las presencias se alejan, el uso de las comunicaciones a distancia se intensifican. Tal vez para que no olvidemos que después de todo no estamos solos.

O todo lo contrario, acaso para mostrarnos que nos sentimos más solos que nunca.

Caminante yo

Del otro lado

Elizabeth Bishop, Anna Ajmátova, Marina Tsetáieva y Mario Payeras. Un collar de poemas ha sido mi sitio durante estas últimas noches. También Emily Bronte y Miguel Hernández. La novela de S. Hustvedt, en paralelo, antes de la hora sueño.

La mañana la llevo poblada por trabajo porque somos de los que no pueden cerrar. La tarde me pilla cuadrando cifras que hablan de tiempos inciertos, así va mi quehacer.

Cada recoveco de mi mente es una habitación agitada, cómplice en mi batalla contra la caída al pozo. Cada poema y cada problema, resuelto o no, apunta a un único intento. Sí.

Mi cerebro da un sinfín de vueltas para no volver al mismo sitio, a la construcción mental que guarda una verdad hoy inalterable. Mi hijo se quedó del otro lado de la pandemia.

Me parte la vida

Aceptar la condición adulta de los hijos, rotunda y autónoma, se vuelve fantasía en tiempos rotos.

Su voluntad transita distinta, prefieren quedarse lejos.

Nadie me enseñó cómo se alinea una de madre si el momento del mundo supone una prueba colectiva,

ni cómo guardar la templanza cuando un océano se interpone, más inmenso que nunca.

La incapacidad de abrazarte me parte la vida.

Con conocimiento

Empecemos por definir feminismo. Continuemos con el concepto de hembrismo (la RAE aun no lo define), terminemos por tamizar sus diferencias.

Después reanudamos la conversación.

Es probable que con el conocimiento adquirido dejes a un lado la agresividad con la que me hablas.

Puede también que, al comprender mi sustancia, quieras por primera vez en tantos años escuchar lo que siento.

Nunca he dicho

Nunca dije que quería ser igual a un hombre, si me encanta ser mujer. Me gustan los tacones, los poemas, las flores, los vestidos. Me fascina usar el pelo largo.

Bailo flamenco con clavel y vuelo y los labios pintados de rojo.

Disfruto del baile que se celebra entre dos, me gusta que mi pareja me lleve mientras bailamos, que ponga su mano en mi cintura, que vea mis ojos. Me encanta que me invite a bailar como en los siglos de antes.

El arte me vuelve niña. Colecciono cuadernos, papel de escribir y cajitas. Tengo debilidad por los adornos en forma de bicicleta. Gasto horas felices con olor a mantequilla en la paz de mi cocina.

Soy romántica para escuchar música, para recordar, para llorar con la buena lectura, para besar.

Si de amor se trata, soy romántica extrema.

Nunca prescindo del perfume ni de los aretes. Un jarrón con girasoles obra milagros en mi ánimo. Muero por la literatura, por ratos largos de libros o de amigas y conversación. Si es con vino y música, aún mejor.

Dar a luz ha sido mi privilegio mayor, alimentar a mis hijos con mi cuerpo el milagro más grande.

Nada de esto tiene que ver con ser como los hombres. Porque nuestras gracias son suaves y profundas, porque no en todo somos iguales.

Pero hay asuntos no negociables.

Quiero que me den la misma educación, las mismas oportunidades en condiciones de justicia única.

Exijo que me permitan participar.

No tolero ser vista como un turrón que se come o un objeto que se usa o un paisaje que se borra. Es indigno.

Si hago buen trabajo agradezco que lo reconozcan. Si no es bueno, espero sinceridad para mejorarlo.

Me agrada que aprecien mi conversación, que me escuchen, que disfruten platicar conmigo. Si les gusta lo que digo que lo reconozcan sin temor. Y si no les gusta que lo digan sin desprecio.

Quiero la dignidad que otorgan los planes y los sueños personales, que sean míos, que no se sometan a la supremacía equívoca de los de nadie más.

Necesito la ilusión de buscar metas propias, la satisfacción de alcanzarlas, templanza si no llego, el aprendizaje del fracaso. Mío, de nadie más.

Los procesos cerebrales no reconocen género. Por lo tanto, no acepto menos que respeto a mis decisiones y a mi opinión, aunque genere conflicto. Si me juzgan que no sea por mi apariencia sino por lo que llevo dentro, lo que he vivido, lo que he dado, lo que he aprendido.

Confío en el hombre que cree en mis capacidades, que las recibe con la mente abierta, que sabe contar conmigo.

Celebro al caballero que me abre la puerta, retira mi silla y me ayuda a cargar objetos pesados.

Reconozco que mi fuerza física, el espesor de mis huesos y el ancho de mi espalda nunca serán como los suyos.

Sé que sin ellos esta vida no sería fascinante. Para ellos mi respeto y admiración, que sea recíproco.

No acepto menos.

Tristes



Versos tristes luchan por salir de su guarida
secreta,
como delincuentes.
 
Pero no, hoy no.
 
Es domingo
toca recurrir a triquiñuelas variopintas para colocarles trampas,
para distraerlos, para engañarlos,
aunque sea durante algunas  horas.

Tardes como tantas

En tardes como esta, o como aquellas,

tardes que lentamente se envuelven en los hilos de la noche,

tardes de sábado o de domingo o de cualquier día.

En tardes comunes, cuando todos se han ido a vivir lo suyo en otros sitios

cuando solo escucho lo que sucede afuera,

los perros jugando a la guerra, el viento abriendo caminos con voz de fantasma,

un motor del otro lado de la montaña,

sonidos todos ajenos, comprendo varias sentencias universales de la soledad.

Y siento pinceladas de desolación.

Por eso la música sin tregua, por eso los largos textos y las más largas lecturas,

como escudos.

Así he aprendido a resguardar la ternura.

Antes se la llevaban, el abandono se sentía grande y al miedo lo acompañaba una pueril auto compasión.

Aquella caída libre es historia, lo de ahora es distinto.

No es la ausencia de quienes no dejan de irse, una y otra vez, la que me desordena.

Es mi propia forma de no estar la que me parte.

Llegada la noche,

termino de desaparecer.

Hasta esta noche

La literatura me sacó de un laberinto de tristeza infantil que transitaba en absoluta soledad.

Con lecturas nocturnas, silenciosas, me enseñó a viajar, a convertirme, a encontrar el bálsamo salvador de la fantasía.

Habilidad que me acompaña hasta esta precisa noche.