Interrumpida, una tarde

Lo encontré sin buscarle, en una esquina  del vecindario en donde trabajo. Era el principio de una tarde dorada.  Conducía de regreso a la oficina. De un momento a otro, contra mi voluntad me vi detenida, en medio de la calle, de la tarde, de este barrio que me ve envejecer. Todos estábamos detenidos. Prisioneros dentro de nuestros automóviles. El agente de tránsito hacía lo que podía, reconozco su paciencia y su afán por hacer su trabajo lo mejor posible.  Algo lograba, muy poco. Imposible obrar milagros en el caos de nuestras callecitas atiborradas. 

Suspendió el tránsito de la avenida  para dar paso a una procesión y su interminable séquito.  Estaba justo en la bifurcación de calle y avenida. El cortejo completo se movía con parsimonia, ajeno a cualquier tipo de prisa. El Señor de Esquipulas gobernaba avenida y calle, también la tarde y el barrio y el tiempo de todos. El buen Cristo cambió levemente mis planes, terminó con la inercia de mi prisa, desafió los filos de mi ansiedad.  

Los sonidos se movían cadenciosos y solemnes en todas direcciones. Empezaban a obrar una magia olvidada. Bajé el cristal de la ventanilla.  Resignada, apagué el motor y derramé toda mi atención sobre el espectáculo.  Porque ¿Qué podía hacer? ¿Rebelarme contra el peso centenario de la devota tradición? ¿Discutir con el jovencito de Emetra?  ¿Qué sabe él de las prisas y presiones que el trabajo impone? Él, como yo, procuraba hacer lo suyo de la mejor manera. Y a diferencia mía, sonreía sin cesar. 

En esa suspensión inesperada lo encontré, un poco en la avenida, otro poco en la calle. La esquina le pertenecía. Mis ojos tropezaron con su estampa, la ceremonia de su actitud, la entrega absoluta a su instrumento. Estaba a pocos pasos, muy cerca. Era un caballero pequeño, de cabello gris impecablemente peinado con la raya del lado derecho. De tez morena y luminosa, con pinta de buen abuelo, entrado en años pero de edad imprecisa ¿Setenta y varios, ochenta quizás? Sí, digamos que setenta.   Vestía un traje gris como su cabello, dueño de años también, planchado con esmero, sobre una camisa de blanco inmaculado. Sostenía un instrumento de viento enorme. El instrumento de viento se veía desproporcionado y pesado en los brazos del músico. Sin embargo, el elegante señor no  acusaba esfuerzo alguno. Al contrario, tomaba su tuba con amor y propiedad. Creo que era una tuba, conozco muy poco de bandas y orquestas. Tocaba él y tocaban sus compañeros de banda. Caminaban con exagerada lentitud, a penas avanzaban y luego se detenían. Lo hacían con circunstancia detrás del anda sin dejar de entonar su marcha. Acompasados ejecutaban su música, sumidos en gozo y compromiso, dueños de una importante misión. 

El músico del peinado inmaculado cerraba los ojos con apasionamiento o concentración, quizás con ambas actitudes. Erguido en la brevedad de su tamaño, con dignidad gigantesca, elegante y sobrio, brutalmente enternecedor, con todo su aire, arrancaba de su gran instrumento una melodía nostálgica para su venerado Señor. 

Alrededor de la banda y del anda pululaban carretas de colores con sombrillas de colores ofreciendo helados de colores, elotes con de todo, caramelos de colores. La tarde dorada se cubrió de colores. El tiempo se detenía. El aire se alivianaba.  

De nuevo la música se impuso, un poco fúnebre, centenaria. Poderosa.  

Un vecino, abuelo, digno músico devoto del Señor de Esquipulas, enriqueció mis momentos de pausa impuesta. Quiero pensar que adornó también el momento de todos los que ahí coincidieron. Ignorábamos que en el transcurso de una tarde de miércoles, en la brevedad de diez o quince minutos, una tradición colocaría de regreso sensaciones fundamentales en los sitios cálidos del alma. Fuimos afortunados.  Una tarde urbana agitada por las tormentosas carreras del Siglo XXI fue interrumpida, vencida, transformada por la gracia de una tradición decimonónica.

Doblaron la esquina para continuar el cortejo. El joven agente, con la sonrisa intacta y contagiado de la parsimonia de la procesión, finalmente nos dio paso.

Más adelante, calle arriba, otros automovilistas serían también detenidos. Dichosos ellos. 

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