Si pudiera volver lo haría sin duda. Desandaría el tiempo, caminaría décadas atrás hacia aquella aula de música. Volvería a cierta tarde en particular. Escucharía atenta, pondría más atención. Aquella tarde atendí con oído joven, inexperto pero impresionado. El asombro, nuevo y desconocido, movió todo adentro y alrededor. Fue intenso pero no supe qué hacer con él. Me faltaba conocimiento, madurez, profundidad. Teníamos quince años.
Escuchábamos La Primavera de Vivaldi. El maestro explicaba lo que cada fragmento representa. No recuerdo mucho lo que dijo, los detalles son trazos inconexos, sombras a medias. Su voz estaba cargada de ceremonia y respeto, desde este lado del tiempo pienso que para él aquello era un ritual personal imprescindible.
Recuerdo completa la sensación al escuchar, algo parecido a paz, una suerte de encuentro interior. Recuerdo también la curiosidad. Recuerdo sobre todo nuestros rostros casi infantiles atravesados por la incomprensión y, peor aún, algunos por un rotundo aburrimiento.
El maestro, un hombre paciente y educado, dueño de una devoción inquebrantable por la música y su historia, se extendió explicando o tratando de explicar un sinfín de conceptos sobre esa estación en particular. Las melodías interpretadas por cada instrumento representan elementos o sucesos de la naturaleza, algo así decía. Había lluvia en sus argumentos. Habló de flores que se abren, habló del sol. Recuerdo a penas eso. Aún así, la sensación es inolvidable. También es inexplicable. La experiencia de escuchar con ojos cerrados música que no se encuentra a la vuelta de la esquina cuando tienes quince años no se puede razonar. Tampoco entender. Solo se siente, se recuerda y se añora.
La Primavera se repetía. Anduvo inmensa todos los aires de aquella tarde. Colonizó cada rincón del aula.
Después escuchamos El Invierno. Ese Invierno. ¿Cómo escribir lo que trajo El Invierno? El inmenso, inmaculado, imponente y seductor Invierno. Vivaldi, adivino, percibía el ambiente, la temperatura, el movimiento y el inexorable misterio de la naturaleza, con todos los poros de su existencia. Su oído de privilegio y su sitio en el orden del tiempo lo convirtieron en un milagro.
El Invierno no tuvo interpretación aquella tarde, no hubo tiempo. Lo escuchamos en silencio, lo sentimos llegar, moverse y crecer alrededor nuestro. Sucumbí al enigma de su encanto perturbador. Las sensaciones que La Primavera había colocado en ese lugar del cerebro en donde convergen sensibilidad, curiosidad y búsqueda fueron arrinconadas. Nuevas emociones, más profundas, casi violentas, un manojo de despertares y dolores y placeres me habitaron. Aún me habitan. No hice una sola pregunta al profesor. Solo pedí que lo reprodujera de nuevo. Otros rostros me vieron con exasperación e incredulidad. Me sorprendió. Tal parecía que era la única víctima de aquella posesión.
Han pasado cuarenta años. Con sus Cuatro Estaciones y su generosa producción de conciertos para cuerdas, para flauta, para oboe, Vivaldi continúa sólido en los mejores capítulos de la historia de la música. Su Invierno ha habitado rotundo cada uno de mis capítulos vitales. Desde aquella tarde de colegio, cuando la vida era un experimento de aprendizaje y búsqueda de mi lugar en el cosmos, no ha perdido ni intensidad ni embrujo ni grandeza.
Sí. Sin duda volvería. Con el bagaje de lo construido y perdido y aprendido me sentaría de nuevo en el suelo madero de aquella aula. Pediría al profesor que me regale una tarde larga de su sabiduría. Escucharíamos de nuevo con detenimiento, escucharíamos sin prisa. Le pediría que interprete cada cuadrante de cada arpegio de cada estación. Le pediría que desmadeje El Invierno hasta descubrir su corazón, hasta encontrar el misterio de su embrujo. Con ojos cerrados lo escucharíamos una y otra vez.
No existe fórmula para regresar a los sitios y los tiempos que nos definen. Tampoco a las personas de entonces. La memoria es el único vehículo para resguardar la experiencia. Esta noche, como esta mañana y como hace dos meses o un año o diez, queda el gozo de escuchar, cerrar los ojos, abandonarse a su grandeza. Sentir un irrepetible invierno en cada territorio personal, colocarlo en el núcleo de cada emoción.