Diciembre de fiestas. Hoy es 25. Estoy sola en la habitación de un hotel de Miami. En Brickell. Se trata de un buen hotel, de cierto austero y breve lujo. Claro, depende del punto de vista desde el que lo veas. A mí, en este instante, se me cae encima. Son las diez de la noche y estoy sola desde las siete pasadas. El plan que teníamos con mi hijo se desvaneció bajo su resaca, bajo mi cansancio. Después de dormirse un rato se fue a su casa. Llevó consigo lo que quedaba de Navidad. Jamás se lo diré.
La soledad se me viene encima como una riada de plomo líquido, tan pesada que no sé cómo sostenerla, cómo sostenerme.
Es como si el almuerzo que compartimos hace seis, siete horas hubiera sucedido en otro siglo. Es como si ese almuerzo o su recuerdo pertenecieran a alguien más. Los demás salieron a ver un juego de basquetbol. No sé bien cómo escribirlo y obedezco al corrector. Los imagino rodeados de gente y sonidos. Los veo bajo luces llenas de movimiento. Pero los sé muy lejos. Tanto que no alcanzo a describir todos las sentencias de la distancia. Y en esa incertidumbre el corrector no ayuda.
Pienso en el pasado y esta misma fecha. Los preparativos son escenas en sepia desbordados de nostalgia pegajosa. Pienso. Los regalos para los niños, las mudadas para los niños, las golosinas para los niños, la decoración para los niños, las experiencias para los niños. Para los niños. Hace mucho dejaron de serlo. Hoy son dos hombres tan distintos entre sí que no encuentro palabras para razonarlo. Tal vez es un tema que no se razona.
Pienso en la genuina ilusión que ocupaba todo entonces. Las ideas y los afanes, la voz y la mirada. Las ansiedades. Pienso en mi cocina usada, habitada, útil y viva. En los aromas que se apilaban uno sobre otro porque la época solicitaba que el aire sostuviera mantequilla y maple o almendra o vainilla. La cocina le complacía. Pienso en el tiempo que tuve para estar allí y pienso en cómo ese tiempo no lo es más.
El jolgorio de entonces, iluminado y danzante, me apuntalaba. Tan poderoso llegó a ser que estimuló el gusto por la música navideña. Un gusto que había perdido cuando de niña conocí la imperfección de la vida bajo el acecho de la muerte.
Pienso, sí. No me permito sentir. Podría romper algo en esta habitación que, después de todo, me cobija. Podría si no, romper algún hueso o rasgar la piel. Hacer daño al único ser humano que dentro de esta habitación escucha un ruido pequeño que proviene del aparato de aire acondicionado.
El bendito ruido ayuda a que deslice los pensamientos reveladores de esta noche a un lugar menos visible. Estoy ya en ropa de dormir pero tendré que hablar con alguien para que cubra la boca al emisor de los sonidos que acecha desde el techo falso.
Es curioso, mi hijo y yo no nos dijimos feliz Navidad. Ni cuando nos reunimos ni cuando se fue a casa. Al vernos hace diez horas nos saludamos con el amor feroz que nos une, sin mediar palabra. Feliz Navidad, hijo mío.