De suave soledad

 Abre los ojos. 
Todavía reina la noche, simple y larga 
como tantas otras noches. 
Y se sabe ahí, de nuevo, solitaria en un inmenso continente 
envuelta en listones de suave soledad.

Siente cada portal de su cuerpo abierto, como madrugada. 
Ella, que desolada se perdía en la tundra de sus sábanas 
aprendió, después de tanto y después de todo,  a bien sobrevivir. 
Y a encontrar sus puertas.
 
Un silencio amable cae lento desde el otro cielo. 
Y es terso y es nuevo, este silencio 
dulce, como canción.
 
En lenta cadencia, como si bailara, sale del agua tibia de su cama. 
Va desnuda. Su piel es un manto de minúsculos luceros. 

 Ella, que apenas ayer de frío aún lloraba 
ha encontrado llamas danzando dentro de su cuerpo 
una hoguera constante le gobierna el vientre. 

Más allá de las sombras descubre a su silueta 
reflejo de vapor, esperando en el otro lado de la noche. 
Se observan a través de la ventana. 

Sabe que no. No está sola. Ya no. 
Es una certeza rotunda, regalo del sereno 
una verdad que libera y la posee toda.

Sus ojos ráfaga sonríen desde el cristal. 
Su alma habla desde el otro lado del tiempo.
 
La noche inmensa, la noche hermosa 
es espejo y ella, su mejor compañía.