Desde este lado

Nota los hilos de tristeza que escapan por sus ojos, reconoce que al cutis se le apagan las constelaciones.

El rictus melancólico es más elocuente que su silencio. Aquellos labios de fruta se secan, se apagan.

Aturdida, desde este lado, no sabe cómo prodigarle consuelo, cómo devolverle la belleza que nacía en su alegría, la algarabía que endulzaba su semblante. El futuro.

Desde este lado, la impotencia de no ser capaz de salvarla la destruye a ella también.

Desde este lado, solo le queda romper el espejo.

Llega Soledad

La soledad es versátil. Llega en los sollozos de una canción, se inflama en el tráfico, observa desde un cielo obscenamente gris.

Se sienta en la silla-isla de un centro de vacunación, aguarda en una aguja. Reposa en un escuadrón de miradas heladas.

La soledad es el zumbido de un viernes por la noche, es el oído rebelándose al silencio.

La soledad es la ausencia de tu voz.

Habita la inevitable asimetría humana. Y gobierna. La soledad gobierna todo.

Ni intentar romperla, es tarde para eso.

Desde esta orilla del tiempo

Lo aterrador de ser revolcada y arrastrada por los relajos que celebra el mar es que no sabés si estás saliendo o hundiéndote más. La sal y la arena te raspan y se meten en tus ojos. Su fuerza es, por mucho, superior a cualquier maniobra humana. Si sos niña pequeñita aquello es pánico incendiario.

Nunca supe su nombre. En cuanto lo vi asomar entre una llamarada de olas marinas solo dije «ayúdeme, por favor.» Sé con certeza absoluta que lo dije. El recuerdo late, tan vivo, tan presente. Habita una metrópoli de la memoria.

Era delgado, supongo que joven, pero su bigote, de acuerdo a mi mirada de 9 años, le otorgó un grado instantáneo de vejez. Dijo que colocara mis manos en sus hombros, que me sujetara a él por la espalda. Después de un tiempo que se había hecho grande por el cansancio y el temor, ese pequeño inmenso contacto humano hizo una diferencia. Me confirió visibilidad en la atroz penumbra de una tarde-noche detrás de la reventazón del Océano Pacífico. Hubo momentos en los que pensé que nadie me encontraría. El hombre que me salvaba sabía cómo batirse a duelo con la bravura de aquel mar sin luz y nadar con una niña a cuestas hacia orilla segura.

El pánico fue resbalando, ya no apretaba mi garganta.

Visto desde esta orilla del tiempo, el cansancio dio paso al alivio y a una extraña sensación de seguridad, la que nace al sentirte rescatado. Cuando el señor salvador me colocó en la arena, yo aún no sabía que mi papá estaba muerto.

En esa arena me encontré de frente con dos de los que serían cuatro cadáveres. Uno de ellos era una niña. Una pequeña que en vida era fiesta y música. Jamás olvidaré su voz ronqueta y su coquetería de niñita adorada. El otro cadaver, su madre. Hacía apenas minutos u horas ¿Cuántas horas? La misma joven mujer trataba de tranquilizarnos con una canción antes de que la lancha y el mundo dieran la más violenta de las vueltas.

Ante la escena de los dos cuerpos todo se desordenó en mi cabeza. Pero mis pies pisaban arena firme. En mis pulmones el oxígeno encontraba sus caminos. El agua salada había perdido la oportunidad de asesinarme.

El hombre, que vestía apenas calzoncillos, se dio de nuevo al mar. Aún no salíamos todos.

Aquel domingo de eventos crueles, un joven de bigote, un hombre costeño, habitante del Jiote o de Las Lisas, tampoco lo sé, salvó mi vida. Nunca supe su nombre. Jamás volví para darle las gracias en persona. Fue un día como hoy, 21 de mayo, hace 43 años.

Esta tarde, desde las distancias que el tiempo tendió, vuelvo alma adentro a mi cueva con serena gratitud. No adivina el señor de la costa, el papel que juega su presencia en mis cavilaciones, en la historia feroz que vivimos esa tarde. Ignora los pensamientos que en su honor han cabalgado las honduras de mi cabeza.

Espero que sepa, o haya sabido, que salvó mi vida, que gracias a él, cuento esta historia. Que con casi 52 años, a veces, me aferro al recuerdo de lo que hizo por mí como si volviera a aferrarme a su espalda.

Me quedan enormes

En aquella última luz del día fui una niñita inmersa en pánico y dolor descomunales.

Me quedaron enormes, aún me quedan grandes.

Algo o alguien en mi interior —yo misma, sin duda— corría en dirección contraria, trataba de alejarme de la pérdida monumental, de su muerte. Entre más trataba de huir de la verdad, más me enredaba en sus espinas.

Ni todos los años que la vida tendió entre aquel momento y este, ni los pocos recuerdos hermosos que guardo, me enseñaron a soltarme de la asfixia.

Muchas noches y algunos días vuelvo a ser la misma niña, una pequeña atemorizada, vencida por el gran dolor.

Una noche, dos idiomas

Sobre las notas de un piano viajan plácidas las ideas. Se desplazan de un Balance General hacia la laguna iluminada de un libro. De una historia creada con la solidez que habita los números vuela a otra escrita con el misterio de las pasiones humanas.

Plena se desmadeja la noche, vestida de melodía sonríe en su oscuridad. Mis neuronas como luciérnagas, la imaginación, cómplice de un pentagrama que pende perenne de la luna.

Horas nocturnas como tantas otras, son de números y son de palabras.

Y en el puente que une a ambos lenguajes, una mujer baila al compás de una hermosa banda sonora, dueña de su propia leyenda.

Noches sin dormir

Crecen los tentáculos del insomnio dentro de mi cabeza, se mueven a sus anchas desarmando el reposo de todas mis habitaciones mentales, empujan a mis ojos por la espalda.

Cuentan leyendas de miedo y, desde la caverna de una carcajada atómica, me recuerdan que mis hijos están lejos, muy lejos, tan lejos.

Mi propia ausencia

Esta sensación de ser invisible, esta forma de ya no estar, este insomnio que se expande por tanto debatir mi propia ausencia, esta novedad obtusa de ya no encontrarme ni en los libros duende, de no sentir el abrazo del poema infalible. Este dolor de ya no saber cómo perder el desasosiego en la armonía de una canción.

Noches sin dormir… han vuelto.