Cada 21 de mayo, volveré

Cada 21 de mayo vuelvo
y volveré, padre,
a sentir aquel aire salado
a verlo empujar la tarde, violento
para convertirla en noche
demasiado pronto.
 
Vuelvo y volveré, padre,
a escuchar cómo agoniza el motor
a mirar cómo se ahoga la luz
sin poder salvarla con mis manos de niña
de niña asustada
justo antes de ser arrastrada como tú, padre,
por los secretos de la marea.
 
Vuelvo y volveré, padre,
a la misma, dolorosa, certeza
fue ese aire marino quien agitó
con el poder de todos sus siglos
por última vez, padre,
la sonaja joven de tu corazón.
 
Vuelvo y volveré, padre,
al ocaso de un domingo hermoso
cuando aquel océano, que tanto amamos
nos envolvió con la furia de su naturaleza bravía
quién sabe, padre,
qué ira desatada, viajaba ese atardecer oscuro
en sus corrientes
acaso tú la sentiste y por eso, padre,
te rendiste bajo sus tentáculos de espuma.
 
Vuelvo y volveré, padre,
al peso de esa noche, caverna
también ella
con un manto de plomo y pena
cubrió lo que, en aquella playa, desolada
quedaba de esperanza.
 
Vuelvo y volveré, padre
al sonido de aquella voz
cada palabra, una estampida
Están Muertos,
dijo el hombre con sombrero
viajaba en un lanchón verde
largo como la espera.
 
Sí, padre,
era de noche y llevaba sombrero
Están Muertos, dijo.
Aún lo dice.
 
Vuelve y volverá a decirlo
cada 21 de mayo
el hombre del sombrero
¿Lo escuchas, padre?