Y sentirán eso

En medio de un silencio que congeló hasta el entusiasmo que traía guardado, empecé a armarlo. El árbol de Navidad, grande y solitario como mi rato. Hace años que es así, que no hay niños que ayuden, o acompañen o desordenen. Y es que ya no hay niños. Ni nadie.
Pero me gusta hacerlo. Y me llena los momentos largos del anochecer. El silencio empezó de verdad a zumbar en mis oídos. Fue una respuesta fisiológica. Los grillos de backsingers. Poner música de Navidad no ayuda, para nada. Receta perfecta para agitar nostalgias, de plano no. Además ¿con quién escucharla? No es para estar a solas. Pero música es música y la usé de salvavidas, de compañía. Entonces vino lo alegre. Con listones sobre el cuello, los anteojos mal puestos para que los ojos saltaran de lejos para de cerca, con las estrellas de espejo colgadas en la boca, puse mi playlist. “Chafa” dirían los ausentes, los que eran niños. “Lujo” le llamo yo. Tan desordenada como la parte de mi mente que inventa poemas. Lujo.

Sólo yo combino a Camilo Sesto, Michael Bublé, Joaquin Sabina, El Buki y Marc Anthony, con el Adagio de Tomaso Albinioni, con El Cigala y sus tangos rasgados.  Y ese dúo que ya no es dúo que me fascina y me coloca en la categoría de vieja wanna-be-joven:  “Camila”. Hagan el experimento. Prueben poner moñas y lucesitas mientras les cantan “Bésame”. Despacito… Y luego rodeen el árbol de arriba para abajo con un listón suave como brisa, mientras escuchan “La vida entera” en la versión Camila con El Buki. Desearán que el listón de vueltas, sí, pero a su cuerpo.


Entonces agradecerán estar en ese lugar fantástico que a veces se llama soledad. Sin que nadie les cambie su música chafa-wanna-be-joven. Su árbol quedará más hermoso que nunca. Y sentirán “eso”. Sí, “eso”. Tan olvidado, tan del pasado. Tan alucinante.