De mil maneras

Extraños inviernos llenan el frío de la mañana. Esta semana se abre camino con un lunes de grises humedades. Y de prisas, tantas prisas. Y de malas pasadas de la cotidianidad. La jovialidad de Diciembre no se deja ver.

Titiritando, observo cómo se afana el hombre en su oficio. Con vigor descalza mi carro, interviene a una llanta moribunda, le devuelve el cuerpo, le devuelve la vida. A mi espalda, la calle enloquece con el tráfico de la mañana. Apenas son las siete pero el caos y el estruendo inundan completos aire y asfalto. El hombre es ajeno al bullicio.

Muy serio, silencioso en lo suyo, con fuerza y pericia, sin perder tiempo, se sumerge en la tarea. Contemplo la dignidad del trabajo bien hecho en el gesto, en las manos, en su forma educada de entenderse con el mundo. Un maestro de la madrugada urbana.

En pocos minutos, con la cadencia de quien sabe bien lo que hace, concluye el trabajo. Con la misma habilidad y el mismo silencio coloca de nuevo la llanta en su sitio. Aprieta aquí y aprieta allá. Analiza la llanta. Le da palmaditas como si fuera la espalda del amigo en una despedida.

Rasgando apenas el silencio concluimos nuestro negocio. Quisiera hacerle preguntas, conversar. Quisiera que me contara su historia. Pero un cliente nuevo lo necesita y la mañana me empuja a retomarla. Otro día será. Concluido su trabajo puedo abordar de nuevo los afanes de un día salvaje para entregarme al mío.

El señor del pinchazo no lo sabe. De mil maneras endereza mi día.