Atadas

Traigo muerta la tarde porque no puedo colocarla en otro lugar. Quisiera llevarla a una playa o a un jardín de lavanda. Quisiera llenarla de asombro.

Pero está atada a mi dormitorio, esta tarde de pajaritos, atada como yo a la mismísima cama. Culpable es el cuerpo, que se dejó abatir por la influencia de una influenza.

En estos tiempos de mortales virus cualquier resfriado es concebido por quienes te rodean —y acaso por quienes no tanto— como la lepra en tiempos de Benhur.

Vi morir la tarde en este lugar, hoy oscuro. No fui capaz de alzar mi ánimo para sacarla de paseo. No hubo magia ni novedad. Murió atada, tendida sobre nuestra soledad.

Fui solitario testigo de su deceso. No pude abrazar a nadie porque nadie se acerca siquiera a la puerta, mucho menos a mi corazón.