Baile y escritura

Bailamos como escribimos, con el interior encendido, con la piel incandescente, con canciones en la mirada.

A veces, con la humedad de algún llanto inoportuno.

Después de todo, no son tan distintos, bailar y escribir. Ambos son voces del cuerpo, formas de hablar. Ambos, búsquedas permanentes, una construcción existencial.

Los dos registros cuentan historias.

Llega Soledad

La soledad es versátil. Llega en los sollozos de una canción, se inflama en el tráfico, observa desde un cielo obscenamente gris.

Se sienta en la silla-isla de un centro de vacunación, aguarda en una aguja. Reposa en un escuadrón de miradas heladas.

La soledad es el zumbido de un viernes por la noche, es el oído rebelándose al silencio.

La soledad es la ausencia de tu voz.

Habita la inevitable asimetría humana. Y gobierna. La soledad gobierna todo.

Ni intentar romperla, es tarde para eso.

Gris

Flota una criatura gris sobre la ciudad. No. No flota. Acecha. Tiene garras y colmillos y un estómago devorador. Tritura sin miramiento la esperanza, la mastica hasta hacer con ella pequeñas derrotas.

Son grises también, las derrotas.

Y la criatura gris que cubre a la ciudad de amenazas se desploma líquida sobre las calles. Cae sobre la vida completa con todo el peso de su afrenta. Llega rotunda, como premonición.

Moja cabezas y sueños y voluntades.

Me empapa la distancia y los silencios. Me convierte en un ser de pequeños afanes, gris y derrotado.

No puedo ver hacia el cielo, una criatura gris lo ha escondido. Tiene colmillos y tiene garras. Observa mi piel, ¿lo ves? Nota lo qué en ella ha rasgado.

La criatura devoró la esperanza urbana con el poderío de su cuerpo gris.

La mía también.