Desde esta orilla del tiempo

Lo aterrador de ser revolcada y arrastrada por los relajos que celebra el mar es que no sabés si estás saliendo o hundiéndote más. La sal y la arena te raspan y se meten en tus ojos. Su fuerza es, por mucho, superior a cualquier maniobra humana. Si sos niña pequeñita aquello es pánico incendiario.

Nunca supe su nombre. En cuanto lo vi asomar entre una llamarada de olas marinas solo dije «ayúdeme, por favor.» Sé con certeza absoluta que lo dije. El recuerdo late, tan vivo, tan presente. Habita una metrópoli de la memoria.

Era delgado, supongo que joven, pero su bigote, de acuerdo a mi mirada de 9 años, le otorgó un grado instantáneo de vejez. Dijo que colocara mis manos en sus hombros, que me sujetara a él por la espalda. Después de un tiempo que se había hecho grande por el cansancio y el temor, ese pequeño inmenso contacto humano hizo una diferencia. Me confirió visibilidad en la atroz penumbra de una tarde-noche detrás de la reventazón del Océano Pacífico. Hubo momentos en los que pensé que nadie me encontraría. El hombre que me salvaba sabía cómo batirse a duelo con la bravura de aquel mar sin luz y nadar con una niña a cuestas hacia orilla segura.

El pánico fue resbalando, ya no apretaba mi garganta.

Visto desde esta orilla del tiempo, el cansancio dio paso al alivio y a una extraña sensación de seguridad, la que nace al sentirte rescatado. Cuando el señor salvador me colocó en la arena, yo aún no sabía que mi papá estaba muerto.

En esa arena me encontré de frente con dos de los que serían cuatro cadáveres. Uno de ellos era una niña. Una pequeña que en vida era fiesta y música. Jamás olvidaré su voz ronqueta y su coquetería de niñita adorada. El otro cadaver, su madre. Hacía apenas minutos u horas ¿Cuántas horas? La misma joven mujer trataba de tranquilizarnos con una canción antes de que la lancha y el mundo dieran la más violenta de las vueltas.

Ante la escena de los dos cuerpos todo se desordenó en mi cabeza. Pero mis pies pisaban arena firme. En mis pulmones el oxígeno encontraba sus caminos. El agua salada había perdido la oportunidad de asesinarme.

El hombre, que vestía apenas calzoncillos, se dio de nuevo al mar. Aún no salíamos todos.

Aquel domingo de eventos crueles, un joven de bigote, un hombre costeño, habitante del Jiote o de Las Lisas, tampoco lo sé, salvó mi vida. Nunca supe su nombre. Jamás volví para darle las gracias en persona. Fue un día como hoy, 21 de mayo, hace 43 años.

Esta tarde, desde las distancias que el tiempo tendió, vuelvo alma adentro a mi cueva con serena gratitud. No adivina el señor de la costa, el papel que juega su presencia en mis cavilaciones, en la historia feroz que vivimos esa tarde. Ignora los pensamientos que en su honor han cabalgado las honduras de mi cabeza.

Espero que sepa, o haya sabido, que salvó mi vida, que gracias a él, cuento esta historia. Que con casi 52 años, a veces, me aferro al recuerdo de lo que hizo por mí como si volviera a aferrarme a su espalda.