Invisible

El desconcierto de saberte invisible, 

la costumbre de saberte invisible.
el puñal de sentirte invisible. La resignación a ser invisible,
para no romperte,

noche tras noche.

Preguntas sin posibilidad de respuesta.

¿Cuándo dejé de existir?
¿Antes o después de que se elevaran los muros?
¿Antes o después de reconocer la indiferencia que construyó esos muros?

¿Habrá sido cuando la juventud abandonó las formas del cuerpo,
cuando se apagó el brillo de la piel?

¿Cómo sucedió?
¿De un día a otro?
¿A paso de años repetidos?
¿A paso de silencio?
¿A paso de rutina?

Invisible, inaudible, inexistente.

Inaudible.

Mujer que dejó de ser.
Borrada sin oportunidad de evitarlo.

La rutina venció a la utopía en una última batalla.
Sé perfectamente cuándo sucedió. Dónde, cómo.

Sé cuánto dolió. Cuánto.

Ni el viejo espejo devuelve la imagen que con tanta calidez guardaba.

Tampoco las aves de la ventana reconocen el matiz de mi voz.
No alcanzan a escuchar la sombra de la palabra.

Un proceso ineludible se gesta,
obra de deidades cronológicas cuya agenda
no alcanzamos a descifrar.

Con tiempo y alguna rara fórmula capaz de engrandecer las pozas del conocimiento,
con pasos firmes de consciencia, también de humildad, quizás,
logre desmadejar el propósito de la invisibilidad.
Quizás encuentre el centro de esta propiedad inescrutable
que hoy arrastra a mi ser borrándolo del mapa.

Invisible, dime palabra de cuatro sílabas ,
¿Vale la pena aprender a vivir con cada ángulo de tu significado,
a encontrar la misión de ya no ser?
¿Eres el inevitable destino?