Umbral de otoño

Tal parece que pronto habré cruzado el umbral. El cuerpo lo anuncia con la elocuencia de sus cambios, mi espíritu lo sabe desde el día de mi nacimiento, las mareas mentales también hacen lo suyo. Encuentran un nuevo gusto a la pausa, mis urgencias empiezan a serenarse.

Surgen dudas ¿Qué sucederá con el fuego permanente que reconozco en mi interior? Acaso es necesario que arda inmenso para que el otoño no apague mi afán. Puede ser que su inquietud sea indispensable para salvaguardar el equilibrio. O, tal vez, empiece a sentir la inevitable muerte de sus llamas.

La juventud es una noción que tiende a alejarse. No abandona la memoria, se resguarda discreta para estar si se le busca, para salvar los días bajos a pulso de remembranza. Ya no impone ideales ni emite sentencias, reconoce imposible el imperio de su naturaleza.

En esa parte interior de mi entendimiento que no acepta medias verdades, me sé mujer que decae en el sinuoso sendero natural de la vida. Quiero, sin embargo, inventar una lenta decadencia, libre de sobresaltos. Quizás pido demasiado.

Los días de la estación nueva llegan con otro tipo de iluminación. Ocre y marrón, con pizcas de polvo de estrellas para procurar justas dosis de ilusión, algunas de locura, para suavizar un poco mi andar ahora que el terreno se empina.

A la mente le pido disciplina férrea, queda mucho aprendizaje en diferentes tinteros. Y los quiero todos. El manantial de ideas reconoce el nuevo tono de mi tiempo, se transforma, sin embargo no hay espacio para sequías. La fertilidad de la mente es un pacto celebrado con la vida, un acuerdo que se renueva cada día. Sin el fluido creativo no puedo sobrevivir, sin el reto neuronal no seré posible.

Este cuerpo que ha recorrido tantos paisajes, que me ha enseñado a sentir profundo, este andamiaje de agua y sangre que colocó dolor y placer sobre mi piel, está preparado para la nueva cadencia que impone la decadencia. Recibo agradecida los dibujos que trazan los años ocre. Con dignidad, me hago otoñal.

Pido al cuerpo templanza para continuar el viaje que las hormonas dictan, serenidad para aceptar destinos desconocidos, coraje para combatir lo combatible, consciencia para reconocerse envejecido.

De mi alma espero sabiduría, fuerza para abrir las puertas que el nuevo camino ofrezca, fe en el futuro, entusiasmo, movimiento. Ternura, toda la ternura del universo.

Y al amor, aliento vital que me ha dado tanto y con el que todo he dado, le pido que siembre pequeñas primaveras dentro de mi jardín, como si fueran canículas de magia en mi condición de mujer otoño. Que florezcan brevemente, de vez en cuando, para apaciguar la nostalgia.

Amor deseo siempre. Para dar y darme, para no perder la dirección que dicta mi brújula, para llegar a la última estación con las alforjas llenas de besos.

Te recibo otoño, en la piel y la sangre, en mis pasos de mujer madura, en mis manos recorridas por ríos azules llenos de historias, manos siempre abiertas.

Mi mente retará tus vientos con insistencia febril, también la curiosidad. ¿Quién sabe? acaso te guste entrar a mis años que ahora son tuyos, con una niña escondida al acecho de aventuras.

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