Mayo de todas las lluvias

Ha de ser rareza mía, o tal vez le sucede a todas las personas que pierden algún ser querido —muy, muy querido— cuando son niños. Pero tengo la maña de evocar en todo a mi papá. A veces la imagen llega suave y resbalada, otras, busco asociaciones desesperadas. Es una necesidad que se ha intensificado a paso de año. Parece que la nostalgia crece dentro de uno como crece un roble. Eterno y rotundo.

La lluvia de mayo tiene aroma de recuerdo. Veo los ojos profundos de mi papá como si fuera ayer, como si todavía estuviera. Esconde en sus manos, detrás de la espalda, un regalo para mí. Lo veo con curiosidad. Tengo seis años.

Se me ha pegosteado un jingle de la televisión: “Capas Ciclón, en el invierno dan protección.” Lo canto todo el día. Tanto me gusta, que mi máxima ilusión es poseer una capa, una sombrilla y mis botas de hule.

Si llueve o no, es lo de menos. El regalo de mi papá es precisamente eso: una capa anaranjada —Ciclón, por supuesto— y una sombrilla amarilla. Está estampada con una muñeca que parece caricatura china. Es linda mi sombrilla. Las botas rojas de hule, Incatecu, son proyecto de mi mamá. Me siento la más feliz. Protegida de la lluvia por mi atuendo, de la vida por mis padres.

Por mi ventana veo líneas verticales de generosa lluvia. Con premura coloco sobre la pijama las piezas de mi atuendo compradas en Almacén El Tigre. Y salgo al jardín. A estrenarlas, a mojarme como solo los niños lo hacen: sin penas, sin prisa.

Corría el año 76 y en él hubiera querido quedarme. En aquel jardín de Mixco, con mi papá, con mis botas y mi capa y la certeza de que todo era perfecto.

O tal vez la nostalgia lleva el nombre de mayo. Mi papá murió un mayo de lluvias.

Hoy más que nunca

Por supuesto, son tiempos recios para el arte.

Ante la fragilidad del momento, cobra nueva relevancia.

En cualquiera de sus manifestaciones, el arte concede profundidad a la experiencia humana, sin pretender explicarla, le otorga significado.

Corren días en los que necesitamos, más que nunca, la conexión sublime que nace de la creación.

El arte es filamento conductor, con la voz del genio creativo, narra a los siglos la historia de las civilizaciones.

Lo ha hecho desde los inicios del inicio.

Esta era de vulnerabilidad universal, marcará un antes y un después.

Con el lenguaje de su talento, serán los artistas quienes mejor lo cuenten a las generaciones venideras.

Desde el fruto de sus lidias personales, darán cuenta de cómo estuvimos de rodillas,de cuánto cambió la forma de hilar la vida, de cómo aprendimos a recomenzar.

Cada artista

de cada rincón

de cada país de este planeta

lacerado

es indispensable para el buen resguardo de la condición humana.

Hoy más que nunca.