Tardes como tantas

En tardes como esta, o como aquellas,

tardes que lentamente se envuelven en los hilos de la noche,

tardes de sábado o de domingo o de cualquier día.

En tardes comunes, cuando todos se han ido a vivir lo suyo en otros sitios

cuando solo escucho lo que sucede afuera,

los perros jugando a la guerra, el viento abriendo caminos con voz de fantasma,

un motor del otro lado de la montaña,

sonidos todos ajenos, comprendo varias sentencias universales de la soledad.

Y siento pinceladas de desolación.

Por eso la música sin tregua, por eso los largos textos y las más largas lecturas,

como escudos.

Así he aprendido a resguardar la ternura.

Antes se la llevaban, el abandono se sentía grande y al miedo lo acompañaba una pueril auto compasión.

Aquella caída libre es historia, lo de ahora es distinto.

No es la ausencia de quienes no dejan de irse, una y otra vez, la que me desordena.

Es mi propia forma de no estar la que me parte.

Llegada la noche,

termino de desaparecer.

Sobre mi madre

Tiene mi madre una forma rotunda de darse toda, de poner en pausa lo suyo para acompañar lo nuestro.

Posee caminos variopintos para cuidar a las hijas, para atender a los nietos,

Se da a nosotros sin miramientos, mi madre.

Cuida mi cuerpo cuando se

desajusta, está a mi lado en momentos de medicina, más cerca que el dolor, más fuerte.

mi madre, siempre presente.

Detrás de una ambulancia,

mi madre atraviesa el movimiento fatal de una tarde urbana,

en pos de una hija

levemente desfallecida.

Paciente,

mi madre aguarda

lo que precise,

horas,

agujas sanguíneas

el paso lento de una solución,

La llegada imprecisa de otra.

Paciente, mi madre,

Espera voces con diagnóstico que no terminan de llegar.

Mi madre, ternura.