La gata

Rocío cantaba “La gata bajo la lluvia”, subí un poco el volumen del radio. —Es linda, dije. Me refería a la canción.

—- ¡Ay no! eso solo lo oye mi muchacha—respondió.

Mirada seria. Seria, muy seria. Silencio. Solo Rocío y su dulzura y su tristeza y su café asomaban de fondo.

Me parece—solté– que tengo mucho más en común con la empleada de su casa que con usted.

17 yo, 19 él. No volví a verlo. No volvió a verme.

A la Gata la escuché hoy, rotunda y siempre melancólica. Llegó a mí en aires digitales y en nueva versión.

Es linda, repito.

Cómo

¿Cómo explicar esto?

si las cuevas donde nacen las palabras son imposibles de definir.

¿Cómo dibujar el mapa que conduce a las respuestas?

si yo misma continúo dando vueltas en el laberinto.

¿Cómo?

si sigo robando frases a un viento invisible

que solo me sacude a mí.

#ÁnimoAleatorio.

Lúdica

Alineamos el andar a una ruta estrecha que no terminamos de comprender para ejercer la maternidad como se espera.

Y no, jamás sabremos si el exilio interior al que nos sometemos las madres para proteger a los hijos del lado salvaje-lúdico-fantasioso de nuestro espíritu, ha valido la pena.

Quizás hubieran crecido más completos, más honestos con ellos mismos, si nos hubieran visto en plan aventura, en búsqueda de sueños, bailando descalzas bajo la luna, tocando pandereta, recitando nuestra propia poesía en voz alta.




Él se sienta en la cabecera,
frente al televisor, como si fuera deidad.
No se quita los lentes oscuros,
ella tampoco.
Es guapa la señora,
tan joven, la señora.
Tres niñas, lindas todas.
Listones en el pelo, naricitas de museo,
cada una perdida en la profundidad de un móvil.
 
Él sigue un partido en la tele, inamovible, insonoro.
Ella, nada.
Apenas ve a la derecha,
un poco a la izquierda, como si buscara
sin encontrar.
Es la mesa del silencio
Los restaurantes
cómplices inocentes en el exterminio de la convivencia.
 
La televisión,
los móviles,
la incapacidad de conversar.
Cada quien come en su lejano mundo.
Bella familia.
                      Bello domingo.

Cuando el último

Cuando la muerte marque el último aliento
 y su boca bese el frío de mi frente
 quiero una despedida pequeña,
 con otro tipo de flor,
 que no falten en mi alcoba de pino,
 versos para la eterna lectura
 poemas que me cuenten el amor.


Sepúltenme con mi huipil de sol y claveles,
 con simple lona en las piernas y,
 en los pies,
 mantos de pura nada.


Abrazada a un pergamino de poemas, colóquenme, 
 sin rígida ceremonia
 dentro de un ataúd chico
 dibujado con flores
 por dentro y por fuera,
 con muchos colores y,

si puedo pedirlo,
 porque a los muertos se les regala un último sueño,
llenen el aire de mi entierro
 con el canto atemporal
 de un mariachi.

“Me voy a quitar de en medio”
 la canción de mi  escogimiento.

“Recuerda cuánto te quiero,
                                                 que desde siempre te quise…”


Misteriosa muerte

Si mi lectura trae ráfagas de dolor, si llega con cargas de tristeza suficientemente grandes para provocar llanto, un chocolate resulta imprescindible.

Hay algo en su dulzura, en el aroma que queda flotando después de comerlo, un misterioso gusto que lo convierte en salvación.

Pero tiene un lado oscuro. Lo descubro al leer su lista de ingredientes. Sirope de maíz, azúcar, aceite de palma, de canola, de coco, de girasol. Manteca de cacao, por supuesto. No olvidemos su dosis de artificiales para que no perezca.

Así las cosas, no sé cuáles palabras me hacen llorar más, las de mi magnífico libro o las del envoltorio de mi choco-salvación-asesina.