Cocinar para encontrarme

Existe en el ritual de la cocina un encanto casi sobrenatural. Habita la cadencia que surge al picar. Baila en la perfección circular que dibuja volutas sobre salsas satinadas, se eleva en los aromas, nuevos o históricos.

Flota en el aire que lleva y trae la premonición de los sabores. Se escucha en el tic-tac de un reloj que ocupa lánguidos minutos con ceremonias culinarias.

Es un rito que salva, que transforma, que interrumpe tedios, que da sentido a los agujeros, que invoca sitios o pasados, es una danza que eleva.

Sueños

Soñé a mi papá. Lo sentí cerca, claro y vívido, como lo soñaba cuando era niña. Estábamos en nuestra casita de Mixco, aquella linda casa-cabaña de madera que hacía ruiditos en la noche. La había convertido -en el sueño- en un restaurante de carne, se llamaba “El viejo”, su restaurante. Y se le veía tan feliz.

Todos estábamos en nuestra casita restaurante, todos contentos, hasta los nietos que él no llegó a conocer.

Fue apenas un sueño, fruto de un coctel de lágrimas, nostalgias y exceso de comida, pero sentí a mi viejo hasta en los huesos. Tan lúcido soñé que escuché su voz, el siseo de carne en la parrilla, el ruidito inolvidable de la madera, como cuando vivíamos ahí.

Sí. La última noche del año soñé a mi papá, estaba tan vivo, muy vivo. Lleno de vida soñé a mi papá muerto. Y otro agujerito queda en el agujerote que llevo siempre a rastras.