Desde todos tus sitios, las palabras

A veces, 
palabras que leo en alguna página
abierta con ánimo aleatorio,  
parecen tuyas. 
 
Como si fueras tú quién responde 
desde todos tus sitios 
una de esas mis preguntas que nadie entiende. 
Y ¿ sabés qué? 
me encanta pensar que sos tú. 
 
Es más, 
necesito saber que se trata de ti. 
¿Quién quita? 
Al rato y por aquí andás, 
flotando arriba o alrededor 
o enredado en mi pelo 
porque querés sumergirte en mi mente. 
 
Este silencio  sacro
sobrenatural 
que acompaña a la lectura 
es cómplice de mi percepción ilusa, 
casi pretenciosa. 
 
¿Será posible? 
Tal vez te tengo más cerca de lo que imagino, 
dejame creer que sí,
aunque sea durante la brevedad de un párrafo.
 
                                    

 

Lluvia de todos mis tiempos

Hubo un tiempo en el que jugaba bajo la lluvia, saltaba en los charcos que se formaban en el jardín.  Mixco era rural y húmedo, Mixco era nuestro sitio, mi parque infantil. Bajo su tierra quedan fragmentos de nuestras raíces, recuerdos de cuando jugábamos. También del día que, desarmadas, empacamos para emigrar. 

La lluvia descendía de las copas de tantos árboles y continuaba su resbaladiza travesía a través del aire que sostenía un arco iris. Niñas pequeñas en tardes larguísimas, esperábamos chorritos sobre la cabeza y los seguíamos hasta que rompían los espejos de agua sobre la grama y el lodo. La lluvia era un juguete, era aventura, era canción. Empaparnos la mejor travesura. La lluvia era regocijo y la vida fiesta.  

Pero el tiempo hizo lo suyo.

Tal parece que la lluvia de ahora también recuerda. Es como si tuviera una conexión invisible con lo que reposa en la memoria. Tras el cristal del carro en este caos urbano, observo. Embotellamientos íntimos y ajenos colisionan en algún sitio indefinido dentro del pecho. Una bomba de nostalgia, otra de sensatez. De nuevo el espejo en aquella grama, roto con cada gota, reparado tras pequeñas pausas. Risas infantiles, dientes de leche.

De pronto hoy. Un bocinazo, un semáforo da verde, la lluvia continúa, avanzo tres largos y cortos metros. Regreso a los árboles aquellos, a mi pelo de niña empapado por la lluvia y por el juego. La música cómplice. Apago el radio, hago tres llamadas para adelantar tareas,  para desatar el nudo. Un bombazo de sensatez. Ni árboles ni charcos rotos ni niñas, hoy es hoy. El tráfico no avanza.

Una voz 
                                   no apagués la música
                                   es peor. 
                                                   ¿Quién esa esa niña que me habla?


                                       

 



Nunca otro hogar

A este país que nos agita el sueño, lo llevo impregnado en las casi cinco décadas de mi historia. Nunca he tenido otro hogar que no sea esta tierra. Aquí nací y aquí moriré, feliz y orgullosa. La sangre que pasea por mis venas es la más chapina de las chapinas. 

Los frijoles diarios son imprescindibles para que me camine la vida. El Volcán de Agua en su perpetua presencia, es el sortilegio que resucita a mi ánimo. 

                    


Las tiendas de barrio con escobas y guacales y aguacates siempre serán mi debilidad. Cuando era niña eran sitios mágicos en donde compraba cuquitos y choco-bananos con diez centavos.  
                  
Hoy que soy casi vieja, su hechizo persiste. La solidez de su identidad, su colorido y el ingenio de su  merchandizing amontonado, me hipnotizan sin remedio. Entro al asombro de su espacio para llevar un pedazo suyo en una docena de plátanos y quince fotos en mi teléfono.  
                                 

   

Solo en Guatemala se amalgama tanto encanto en pocos metros cuadrados.

                                 

     

Conozco las  piezas clásicas de marimba que se apagan en el espacio musical de las nuevas generaciones. Pareciera que, al partir, el siglo XX se las ha llevado un pasado cada día más distante. Y lamento su silencio.  
Los tejidos, las tortillas, el morral que antes de abandonar vuelvo a remendar, las muñequitas quitapenas, el chachal de algún antepasado, las leyendas criollas que pululan en mi memoria, los nuégados. Tantos asuntos de Guatemala hacen de mí quien soy.
En su día la celebro. Cada día me preocupa qué será de quienes la formamos. Todos los días me pregunto ¿Qué pasará con esta nación, con nuestros hijos, ante tanto sinsentido?   
En su día abrazo y beso a mis compatriotas. Cada día invoco a la poderosa esperanza. Tal vez, tomados de su mano, encontraremos la ruta.