Pizarnik

Alejandra Pizarnik me queda siempre cerca. Desde que llegó a esta vida que consumo en busca de poemas, sus versos confusos se aproximan a mis interrogantes, las tocan y transforman. A veces las responden. Un libro en la mesa de noche, otros en la repisa de la cabecera o en el tren de poetas que circula sobre la mesa de mi caótico refugio. Alejandra y los otros y de nuevo Alejandra. Su tristeza, su fragilidad, el presagio de la muerte siempre presente, la palabra eternamente  bella.

Sin poetas el domingo no es domingo. 

“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada de un tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.”

(Piedra fundamental, fragmento página 69. De La extracción de la piedra de locura. Otros poemas)

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