Luna mordida

Vuelven las sombras nocturnas y hoy traen dientes para morder a la luna. Voraces, 

deforman su perfil, 

y aun mutilada ella guarda su belleza. 

Sin importar cuantas dentadas le hinquen, sostiene su brillo. 

Como si nos viera cada noche de viernes detrás de la ventana, 

como si supiera cuantos minutos de solitario silencio gastamos admirándola. 

Adivina la luna que,

a pesar de las formas oscuras que devoran la piel de sus bordes, 

su fulgor y presencia resultan imprescindibles para un puñado de frágiles mortales. 

Y en esta ventana que crece con la noche, 

veo cómo las figuras negras no se detienen en su afán por morder. 

La muerden a ella, muerden a las horas, me muerden a mí.

Vine a Comala

También vine a Comala porque tal vez aquí sí vive mi padre. 


Y es que en Comala los muertos parecen vivos. Y yo ando con mi muerto guardado en el morral por si quisiera volver, pero en todos los años ni una señal.


Por eso vine a Comala, para ver si entre los muertos que parecen vivos encuentro al mío.


Crying a river

Para esta lluvia, 
aquel libro de poemas. 

En este espacio sin gente, 
palabras precisas adornan la tarde de agua. 

Las ventanas se visten con sedas voluptuosas 
transparentes y húmedas. 

Nublan mi visión del volcán, 
del jardín, de lo que vendrá.

Para esta lluvia,

esta tarde, 
este espacio y estas ventanas, 
Julie London crying a river, 
flying to the moon… in the mood for love. 

Oh Virginia

Strong emotion” dijo Virginia Woolf “must leave its trace.”

El rastro de lo sentido se hace perpetuo al escribirlo. La emoción se vuelve carne de palabras. 
Su cuerpo, una escultura de curvos párrafos. 
Plagas de archivos invaden mi pantanal de carpetas. 
Transformo cuadernos en desórdenes de fonemas durante horas de lápices y recuerdos. 
Enternecimientos y turbaciones y arrebatos hablan sobre un desierto de papel, y cubren cada palmo de sus arenas. Laberintos vitales de palabras protegen lo sucedido de caer en los abismos de la desmemoria. 
Tienen vida, son frases-testigo, evidencia a prueba de tiempos. 
Tanta experiencia guardo en el caos de mi armario mental. 
La necesidad de escribirla es irrefrenable. 
A veces confundo qué llegó primero.



Alla Pavlova

Un insomnio apabullante
más pesado que mil sueños incomprensibles.
Un libro que no quiere dejar mis manos
ni mis ojos, 
docenas de pensamientos desordenando mi mente en vigilia, 
el descanso fracasado 
y la Canción Triste en la Sinfonía No. 6 de Alla Pavlova. 
La más rotunda contradicción.
Acaso ella sintió el mismo plomo del no dormir atravesando todas las oscuridades. 
Y escribió para violines
este milagro 
en una tempestad seca, 
nocturna, 
larga y solitaria, 
tan parecida a esta que se niega a morir.




En el laberinto

Busco significado para aquello a lo que no encuentro sentido, hurgo incesante en el pozo oculto debajo de las palabras, quizás ahí se agazapa mi objetivo. Busco en las sombras cotidianas bengalas de paz, trozos de congruencia para reparar el sinsentido, pistas que me ayuden a comprender los misterios no resueltos: La muerte a destiempo, el desamor, distancias en la cercanía, el silencio implacable que necesita ser roto con un golpe de esperanza. 


Busco la razón y los porqués de lo que no debió ser. Pero es inútil, es como si cazara un ave con los ojos vendados. Supongo que no soy la única perdida en el laberinto de las interrogantes. Supongo que hay días en los que mis compañeros de búsqueda también sienten cómo se hunden sin llegar jamás a la verdad que el pozo no revela.



En la proa

No puedo dormir. Sin remedio viajo en la proa de un barquito de papel sobre océanos de palabras. Anclo en islas con flores y arbustos de poemas, sus palmeras son versos verticales que suben al cielo en búsqueda de besos. Arenas infinitas cubren la playa con universos de historias. Hablan de amor en estrofas suaves. Otros párrafos son cantos a silencios oscuros, a tiempos añejos, a niños que ríen. Música inolvidable da vueltas en la brisa. También guardan -las arenas de historias miles- dunas de muertes tristísimas, lágrimas como ríos y estrellas de abrazos irrompibles.

Viajo en la proa de mi barquito de papel hacia el continente que habitan las tierras y los lagos de otro libro. Tantas palabras escritas en los campos, en las calles de pasos veloces, en el aire con ruidos y en los puertos que me reciben. Muelles de hojas blancas pobladas con pelotones de letras empiezan a contar historias. Cuentan y cuentan mientras busco un trozo esponjoso de sueño.

Este desorden


Ese desorden imposible de organizar. Este hoy que se contradice con aquel ayer. El bajón de este momento que nada tiene que ver con la euforia de hace un rato. Un choque de opuestos reales me sucede dentro. Este enigma imposible de resolver. Esta negrura incapaz de iluminarse. Esta luz que no se deja atenuar. La ceguera, la sordera, el relámpago, el estruendo. El agujero negro, el silencio. La bengala y la sinfonía. El temor a desvanecerme y el miedo grande a resurgir. El deseo de ser invisible y la ansiedad cuando no me dibujo. Cuántas formas de desencuentro. Este espíritu que como humo sube y como lluvia cae, este espíritu que se tiñe de azul o de sol, este espíritu que no se entiende con él mismo. 

Nombre que me nombras

Este nombre que me nombra es maya. Mi papá leyó Guayacán de Virgilio Rodriguez Macal cuando era joven y decidió que si tenía una hija la llamaría Nicté. Al principio a mi mamá no le hizo gracia, pero nací y la poseyó algún espíritu que favorecía la voluntad de mi papá. Sin mucha vuelta, casi sin darse cuenta, mi mamá simplemente le dijo -Aquí está tu Nicté.- Todo bien, ¿verdad? Pues no tanto. 


Porque llegó el día del bautizo y el sacerdote sentenció que tal bautizo resultaba imposible. Bautizarme con ese nombre no tenía nombre. No era bíblico ni tradicional ni conducente. 

-Señores míos, así no bautizo a la cría- y zanjó el tema. Ante la negativa del caballero de sotana y para que sobre mi cabecita pelona resbalara el agua purificadora, no hubo más remedio que fabricarle un apéndice a mi nombre. Ni modo. Aunque nunca lo he sentido mío, aunque no lo uso, aunque a veces es un estorbo legal, una incoherencia digital y un enredo a la hora de llenar formularios, también llevo otro nombre. Y ¿qué creen? es María.

Infantil y juvenil

Escribir para niños y jóvenes no es tarea ligera, señores. Es volver a los zapatos de trabita con calcetas vaporosas. Es usar palabras de patojada, es romper los muros que el tiempo levantó entre la infancia y este dislocado y tan adulto ahora. Es volver a soñar. Crear Literatura para quienes llegaron al mundo en esta era extraña es un reto descomunal, casi temerario. Pero, como si de un milagro se tratara, también puede ser un magnífico festejo.
En FILGUA tuve el honor, al lado de mi amiga y maestra, Gloria Hernández 
-privilegio y honor también- de presentar a Alicia Molina, ambas connotadas escritoras de LIJ. Para esta aprendiz que jamás dejará de serlo, conversar con ellas fue un lujo, un verdadero regalo. Alicia, escritora mexicana, es también guionista e investigadora y su misión de vida es la integración de niños con discapacidad a través de su obra. “Todos significa todos” reza el título de una de sus textos pedagógicos. Y es hilo conductor en su divertida creación literaria. A los autores, digo siempre, se les conoce a través de sus libros. Ahí van quedando sus ojos y sus manos y su voz. Su esencia se columpia o juega o llora dentro de cada palabra. Conocerlos en persona es completar la experiencia. Es reafirmar que detrás de esas palabras vive una mente luminosa y un ser de absoluta sensibilidad, como Alicia y como Gloria. 
El público también fue un regalo, maestras, maestros y estudiantes de magisterio. 
Quien piense que escribir poemas o cuentos o novelitas para peques fluye como leche, está equivocado. Por eso mi admiración para los autores de LIJ es cada vez mayor. He pasado noches enteras buscando palabritas apropiadas para escribir un poema sobre un gallo, o sobre una pared que habla o buscando un columpio que vuela. Y me quiebro el seso. Cosa más difícil, caramba.