Luna mordida

Vuelven las sombras nocturnas y hoy traen dientes para morder a la luna. Voraces, 

deforman su perfil, 

y aun mutilada ella guarda su belleza. 

Sin importar cuantas dentadas le hinquen, sostiene su brillo. 

Como si nos viera cada noche de viernes detrás de la ventana, 

como si supiera cuantos minutos de solitario silencio gastamos admirándola. 

Adivina la luna que,

a pesar de las formas oscuras que devoran la piel de sus bordes, 

su fulgor y presencia resultan imprescindibles para un puñado de frágiles mortales. 

Y en esta ventana que crece con la noche, 

veo cómo las figuras negras no se detienen en su afán por morder. 

La muerden a ella, muerden a las horas, me muerden a mí.

Pizarnik

Alejandra Pizarnik me queda siempre cerca. Desde que llegó a esta vida que consumo en busca de poemas, sus versos confusos se aproximan a mis interrogantes, las tocan y transforman. A veces las responden. Un libro en la mesa de noche, otros en la repisa de la cabecera o en el tren de poetas que circula sobre la mesa de mi caótico refugio. Alejandra y los otros y de nuevo Alejandra. Su tristeza, su fragilidad, el presagio de la muerte siempre presente, la palabra eternamente  bella.

Sin poetas el domingo no es domingo. 

“No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme desnuda en la entrada de un tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.”

(Piedra fundamental, fragmento página 69. De La extracción de la piedra de locura. Otros poemas)

Vine a Comala

También vine a Comala porque tal vez aquí sí vive mi padre. 


Y es que en Comala los muertos parecen vivos. Y yo ando con mi muerto guardado en el morral por si quisiera volver, pero en todos los años ni una señal.


Por eso vine a Comala, para ver si entre los muertos que parecen vivos encuentro al mío.


Crying a river

Para esta lluvia, 
aquel libro de poemas. 

En este espacio sin gente, 
palabras precisas adornan la tarde de agua. 

Las ventanas se visten con sedas voluptuosas 
transparentes y húmedas. 

Nublan mi visión del volcán, 
del jardín, de lo que vendrá.

Para esta lluvia,

esta tarde, 
este espacio y estas ventanas, 
Julie London crying a river, 
flying to the moon… in the mood for love. 

Oh Virginia

Strong emotion” dijo Virginia Woolf “must leave its trace.”

El rastro de lo sentido se hace perpetuo al escribirlo. La emoción se vuelve carne de palabras. 
Su cuerpo, una escultura de curvos párrafos. 
Plagas de archivos invaden mi pantanal de carpetas. 
Transformo cuadernos en desórdenes de fonemas durante horas de lápices y recuerdos. 
Enternecimientos y turbaciones y arrebatos hablan sobre un desierto de papel, y cubren cada palmo de sus arenas. Laberintos vitales de palabras protegen lo sucedido de caer en los abismos de la desmemoria. 
Tienen vida, son frases-testigo, evidencia a prueba de tiempos. 
Tanta experiencia guardo en el caos de mi armario mental. 
La necesidad de escribirla es irrefrenable. 
A veces confundo qué llegó primero.



Alla Pavlova

Un insomnio apabullante
más pesado que mil sueños incomprensibles.
Un libro que no quiere dejar mis manos
ni mis ojos, 
docenas de pensamientos desordenando mi mente en vigilia, 
el descanso fracasado 
y la Canción Triste en la Sinfonía No. 6 de Alla Pavlova. 
La más rotunda contradicción.
Acaso ella sintió el mismo plomo del no dormir atravesando todas las oscuridades. 
Y escribió para violines
este milagro 
en una tempestad seca, 
nocturna, 
larga y solitaria, 
tan parecida a esta que se niega a morir.




En el laberinto

Busco significado para aquello a lo que no encuentro sentido, hurgo incesante en el pozo oculto debajo de las palabras, quizás ahí se agazapa mi objetivo. Busco en las sombras cotidianas bengalas de paz, trozos de congruencia para reparar el sinsentido, pistas que me ayuden a comprender los misterios no resueltos: La muerte a destiempo, el desamor, distancias en la cercanía, el silencio implacable que necesita ser roto con un golpe de esperanza. 


Busco la razón y los porqués de lo que no debió ser. Pero es inútil, es como si cazara un ave con los ojos vendados. Supongo que no soy la única perdida en el laberinto de las interrogantes. Supongo que hay días en los que mis compañeros de búsqueda también sienten cómo se hunden sin llegar jamás a la verdad que el pozo no revela.